Charlotte Gainsbourg en una escena de ANTICRISTO, de Lars von Trier.
(3) ANTICRISTO, de Lars von Trier
La psicópata dolorida

No es frecuente salir de una sala de cine con la sensación de haber visto algo completamente nuevo, de haber asistido a un espectáculo que todavía no habías visto, eso es algo que sucede con pocos cineastas y Lars Von Trier es uno de ellos. Esta circunstancia no es una cuestión anecdótica, pues indica que el autor ha renunciado a las herramientas habituales de las historias de la pantalla y se ha enfrentado a su obra con la sinceridad de su propio lenguaje, asumiendo un riesgo que pocos están dispuestos a correr y dinamitando los códigos de género que, según el sistema de “reparto” establecido por la industria, puedan corresponder a su historia. Poco quedaba de la serie negra en El elemento del crimen (1984), menos todavía del musical en Bailando en la oscuridad (2000), y absolutamente nada del thriller de psicópata en Anticristo, porque, en definitiva, esta película nos propone un relato que temáticamente, e incluso por estructura (el punto de giro de las fotos que evidencian la tortura al niño, cambia el sentido de la historia y abre la puerta a la brutal parte final), se sitúa en la órbita de estos films.
La diferencia, la decisiva diferencia, se encuentra en la mirada del cineasta, en la desnudez y ausencia de concesiones con la que contempla a sus personajes y al conflicto que los mueve, tanto cuando adopta maneras de relato de dolor por la pérdida culpable de un hijo de corta edad, como cuando descubrimos que hay algo más, que existe un peligro mayor que la desesperación extrema que arrastra la protagonista. En este sentido la película es impecable, por más que algunas soluciones concretas (la muela atravesada en la pierna de Dafoe) cuesten de digerir (incluida esa licencia que se toma para dicha escena, logrando la “necesaria” anestesia total del protagonista mediante un fuerte golpe en los genitales), y también implacable, pues conduce el enfrentamiento hasta sus últimas consecuencias, atendiendo exclusivamente a la propia lógica de personajes y situaciones, sin depender de razones de género o de conveniencia / gratificación cara al espectador.
Más discutible, o al menos con espacio para la polémica, resulta la trascendencia que el cineasta pretende adjudicar al drama que viven sus protagonistas, ya sea cuando plantea una oposición entre la racionalidad del hombre y la conducta emocional de la mujer; o cuando nos ofrece una visión de la Naturaleza como amenaza (construida o explicitada a base de símbolos de discutible eficacia y casi siempre poco concreta en su plasmación física, apenas el detalle de las garrapatas, desde unas posiciones realistas, o la permanente lluvia de bellotas, desde una clave más onírica o hiperrealista); y sobre todo cuando reflexiona acerca de la mujer como víctima secular del mal de los hombres, pero también como una especie de caja de resonancia, incluso origen, de ese propio mal (el sorprendente plano final de un río de mujeres ascendiendo hacia la pira en la que arde el cadáver de esta bruja de nuestros tiempos). Una serie de apuntes, sugerencias y crípticos mensajes visuales que, si bien abren la puerta para debate y generan una productiva inquietud en el espectador, frecuentan en exceso los territorios de la confusión.
Sin entrar a considerar su reconocida condición de producto provocador o de insoportable visión (algo que, en muchos momentos, realmente lo es), ya que a mí no me funcionan como audacias el inserto de un plano de cine porno o la mutilación salvaje a la que se somete la protagonista (para el primero ya está el cine porno, y para la segunda las atrocidades de La matanza de Texas, por poner un ejemplo), voy a terminar destacando, en cambio, su condición de propuesta radical en función de esa mirada rabiosamente libre con la que se enfrenta a la historia y sus personajes, una mirada que convierte al film en un producto exigente e insólito que hay que conocer. Al finalizar la proyección puede que algunos lo adoren y que otros poco menos que lo detesten -a mí me costaría fijar con exactitud el punto intermedio en el que me encuentro-, pero seguro que nadie permanecerá indiferente.

PEDRO URIS