Ha sido un atrevimiento de ese pedazo de actor que es Ed Harris, con su duro rostro y ojos azules, producir, escribir, dirigir e interpretar un western de genuinas raíces clásicas (el más clásico que recuerdo desde la época de Sam Peckinpah y Grupo salvaje), tanto por su contenido como por la puesta en escena, en unos tiempos en que el cine, sobre todo el proveniente de Hollywood, está dominado por una estética deudora de los videoclips, los videojuegos y los efectos digitales. Es cierto que estos últimos años ha habido algunos intentos al respecto. Recordemos títulos recientes como El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (2007), de Andrew Dominik, Enfrentados (2007), de David von Anken, o El tren de las 3:10 (2007), de James Mangold, pero ninguno con la apuesta total por el clasicismo de Appaloosa (nombre de la raza de un caballo y de una pequeña población en el Nuevo México de 1882), superior a la mostrada por Clint Eastwood en Sin perdón. No hay duda de que Ed Harris bebe en las fuentes de los grandes clásicos del western: John Ford, Howard Hawks, Anthony Mann, Richard Brooks, Delmes Daves, Raoul Walsh, Sam Peckinpah o incluso el Jacques Tourneur de Wichita.
El esquema argumental de Appaloosa no puede ser más elemental, repetido en numerosos westerns: ante los desmanes de un terrateniente que tiene atemorizada a toda una población, las fuerzas vivas contratan a un policía federal y su asistente, los dos de oscuro pasado, para que impongan el orden. Entre ambos existe una gran amistad, seguramente formada durante años de lealtad mutua. Casi son como un padre y un hijo. Cole (Ed Harris, magnífico) es bastante tosco, violento e iletrado. Apenas sabe cómo desenvolverse ante una mujer. Lo suyo es cumplir con su contrato (cuyas condiciones lleva ya escritas: o lo tomas o lo dejas), consciente de que puede morir en cualquier momento. Pero es su profesión. Hitch (Viggo Mortensen, igual de estupendo), que apenas habla pero que es más reflexivo y preparado intelectualmente (estupendo el sentido del humor cuando tiene que hallar las palabras apropiadas que Hitch desconoce), viene a ser el complemento del anterior. Ambos trabajan muy compenetrados. Ha declarado Ed Harris que lo que más le impresionó de la novela de Robert Parker, en la que está basado el guión, fue comprobar que «los protagonistas han estado montando a caballo juntos durante doce años y apenas se conocen. No necesitan hablar de sus sentimientos ya que existe como un entendimiento tácito entre ambos». Este es un tema del western clásico que hemos visto en multitud de ellos, como Richard Widmark y James Stewart en Dos cabalgan juntos (1961), de John Ford, o James Stewart y Wallace Ford, el mulero de El hombre de Laramie (1955), de Anthony Mann, que cuando deciden separarse le espeta el anciano a Stewart: «Llevamos varios días cabalgando juntos y no hemos intercambiado ni una sola frase, pero tengo que reconocer que me cae usted muy bien». En Appaloosa, Cole y Hitch mantienen unas conversaciones lacónicas. Se entienden por una mirada o un gesto. Cada uno sabe cómo situarse en cada momento. Ambos representan la delgada línea que separa a los hombres que actúan en nombre de la ley de los forajidos a los que se enfrentan.
Pero como en El hombre de las pistolas de oro (1959), de Edward Dmytryk, con un esquema argumental similar, la irrupción de una mujer en la historia pondrá en crisis la estabilidad de esta pareja masculina, en el caso del film de Dmytryk con referencias a la homosexualidad latente entre ambos, sobre todo por parte del personaje que encarnaba Anthony Quinn. En Appaloosa, al final uno de los dos sobrará y tendrá que partir a la búsqueda de nuevos horizontes. Si en Río Bravo era la maravillosa Angie Dickinson la que llegaba al pueblo en una diligencia, perturbando la vida del sheriff que interpretaba John Wayne, ahora es Renée Zellweger, una mujer de reputación controvertida, la que se introduce en la vida de ambos.
Rodada en espacios naturales (cuando se cruza a caballo un río o se sube una montaña se hace de verdad), sin apenas ningún efecto digital, no tienen precio esos largos planos de inmensos paisajes (parece fácil, pero es muy compleja la forma de situar la cámara en los espacios abiertos), la utilización de grandes angulares en la planificación, el ritmo cadencioso, los silencios, el vacío, el aire de tragedia clásica, el sentido del humor y el excelente montaje en los tiroteos, muy alejado de las exageraciones de Sergio Leone. Apenas existen los planos cortos, algo muy difícil de alcanzar en el cine actual. Puede molestar cierto esteticismo en la utilización en algunos momentos del teleobjetivo, pero esto ya lo hacía Sam Peckinpah en Grupo salvaje y no queda mal.
Es una pena que la actriz Renée Zellweger no acabé de dar el tono preciso a su personaje, que el malvado que encarna convincentemente Jeremy Irons no posea más aristas psicológicas, o que la circunstancial novia de Viggo Mortensen (bien Ariadna Gil) quede demasiado anecdótica. Por supuesto que Appaloosa no es un film perfecto, ni mucho menos, pero si sorprendente en pleno siglo XXI, cuando muchos ya creíamos que era imposible realizar un western a la antigua usanza y que resultase atractivo.
VICENTE |