Una imagen de ARROPIERO, EL VAGABUNDO DE LA MUERTE.
(3) ARROPIERO, EL VAGABUNDO DE LA MUERTE, de Carles Balagué
"Odia el delito, compadece al delincuente"

La cita que encabeza este texto pertenece a la visionaria penalista Concepción Arenal (1821-93), una humanista adelantada a su tiempo en el terreno del feminismo, y viene a definir fielmente el espíritu del último documental de Carles Balagué, una biografía criminal del apodado «Arropiero» (hijo de un vendedor ambulante de arrope) similar en cuanto a contexto subcultural a relatos de ficción como El bosque del lobo (Pedro Olea) y Profundo carmesí (Arturo Ripstein). El film fue elaborado mediante una serie de entrevistas a profesionales (criminólogos, psiquiatras, abogados, jueces, forenses, periodistas) y testigos relacionados con la carrera delictiva de Manuel Delgado Villegas, ofreciendo una visión poliédrica de su compleja personalidad. Cierra el film un reportaje de archivo, realizado poco antes de su muerte en 1998, que muestra ya al protagonista con un gran deterioro físico y mental causado por el alcohol, las drogas, el abuso del tabaco, los abundantes fármacos empleados en su terapia y los treinta años de reclusión en asilos y hospitales psiquiátricos.
La película es una crónica negra engarzada en la España desarrrollista de los años 60 y protagonizada por un asesino en serie que, detenido en 1971 por un homicidio, se autoinculpó de 48 asesinatos, cometidos en España, Francia e Italia, de los que sólo se llegaron a comprobar siete de ellos. Los diversos puntos de vista expuestos por los expertos, complementarios más que contradictorios, atribuyen a Manuel Delgado «Arropiero» un carácter psicótico provocado por una esquizofrenia y una megalomanía agravadas seguramente de forma progresiva y acumulativa por carencias educacionales, pulsiones sexuales patológicas, robos autojustificados por la necesidad y, significativamente, la tenencia en sus genes de un raro cromosoma XYY.
Su larga y fecunda trayectoria criminal, efectuada sin sentimiento alguno de culpa, fue posible porque el azar, su incesante vagabundeo, nuestro aislamiento internacional y la ausencia de concretas motivaciones delictivas impidieron la identificación y posterior detención de este antiguo legionario y mafioso marsellés que acababa con la vida de sus víctimas merced a repentinos impulsos agresivos descargados indiscriminadamente sobre personas de uno y otro sexo y de variada condición social.
Un ejemplo más, pues, de que el mismo individuo puede ser verdugo y mártir a la vez porque, en su caso además, ni hubo juicio ni sentencia condenatoria firme: se extravió (o «extraviaron») el sumario y encerraron al acusado confiando en que el olvido o la muerte liquidaran el asunto. Probablemente, tanto la policía (con la que confraternizó después durante la larga reconstrucción de varios de los delitos) como la justicia franquista no quisieran reconocer su incompetencia o dar publicidad a la monstruosidad de unos hechos inconcebibles en un régimen autoritario donde todo debía estar «atado y bien atado», tranquilo y en orden, para acoger al creciente turismo europeo.

VANACLOCHA