Un thriller que justifica buena parte de su existencia en la coincidencia de dos monstruos de la pantalla como Robert de Niro y Al Pacino —ya lo hicieron en una celebrada escena de Heat, de Michael Mann, que en mi opinión era una payasada—, y elige para la ocasión una trama de policías justicieros, plena de viejos guiños fachas del tipo los jueces y los abogados dejan libres a toda una escoria de culpables, que resulta patética en todos los sentidos, con personajes, diálogos y situaciones que, en el mejor de los casos, andan carentes por completo de vida y verosimilitud, y con un «contundente» giro final que se ve venir de lejos, no porque nos hayan dejado pistas para ello, todo lo contrario, se han dedicado a engañar al espectador con trucos de trilero barato, sino porque ya estamos más que hartos de estas «sorpresas» finales en el último cine norteamericano, de modo que cuando nos dicen que es una cosa sabemos que es exactamente la contraria, pues la auténtica sorpresa sería que se mantuviera la coherencia del discurso y no se sacaran conejos de la chistera.
El mínimo nivel industrial que garantiza un producto de estas características, justifica, o al menos eso espero, lo benevolente de la calificación, pues los citados monstruos sagrados, aparatosas interpretaciones aparte, más que una pareja de experimentados policías que se las saben todas, parecen Zipe y Zape haciendo trastadas.
PEDRO URIS |