Una escena de AVATAR, de James Cameron
(3) AVATAR, de James Cameron
Little Big Horn

En 1876, en el paraje denominado Little Big Horn (Montañas Negras de Dakota), los soldados del Séptimo de Caballería de los Estados Unidos, comandados por el general Custer, murieron en un enfrentamiento con miles de indios sioux y cheyenes, antiquísimos habitantes de aquellas tierras casi vírgenes, liderados por Caballo Loco. Anteriormente, Custer había masacrado a hombres, mujeres y niños en varios campamentos indios, pero en esta ocasión se unieron varias tribus indias para hacer frente al invasor. Este episodio, trasladado al cine en varias ocasiones (la más significativa Murieron con las botas puestas, 1942, de Raoul Walsh), me vino a la cabeza mientras visionaba Avatar, con esa raza parecida a los humanos, los Na´vi, que habitan en el planeta Pandora, y que deben unir sus fuerzas para defenderse de una invasión terrícola con el lema de “guerra preventiva” (referencia a la Guerra de Iraq) y dirigida por un feroz militar (estupendo Stephen Lang). Claro que ahora el género elegido es la ciencia-ficción, pero el esquema argumental es muy parecido, con la complejidad que supone introducir a un veterano de guerra parapléjico en el cuerpo y la mente de un extraterrestre, lo que le llevará a cuestionarse el sentido de la misión que le han encomendado al conocer ese pueblo por dentro, totalmente pacífico e integrado en la Naturaleza. A ello hay que añadir un mensaje ecologista y a favor del papel de la ciencia, representado en el personaje que encarna Sigourney Weaver (curiosamente se dio a conocer en el ya clásico del cine fantástico Alien, el octavo pasajero, 1979, de Ridley Scott, y también apareció en Aliens, el regreso, 1985, del mismo James Cameron).
Esta es la “carne” de Avatar, algo de lo que adolecen otras grandes superproducciones, como la reciente 2012. Pero lo más importante son las innovadoras nuevas tecnologías con las que se ha realizado la película, producida con un 40% de imágenes reales y un 60% de síntesis entre la denominada Fusion 3D, una cámara especial que incorpora dos objetivos HD, y el uso de la tecnología de motion capture, que inauguró en 2004 Robert Zemeckis con Polar Express y que ha tenido su continuidad en Beowulf (2007) y Cuento de Navidad (2009), del mismo director. Para el espectador esto puede parecer algo secundario, pero no para un cine, el de Hollywood, que es una poderosa industria que siempre ha experimentado con la incorporación de nuevas tecnologías, en este caso todo un universo generado por ordenador. Se podría decir que Cameron no ha inventado nada, pero sí que lo ha perfeccionado.
El problema es que el director intenta establecer un equilibrio entre el interés de la historia y los apabullantes efectos digitales, pero en la última media hora el relato sucumbe ante la actual moda del videojuego al presentarnos la desigual batalla entre humanos y alienígenas. Y eso que anteriormente nos ha ofrecido unas increíbles escenas, de gran belleza, cuya magnitud se aprecia mejor a través de la visión del film en una sala con 3D incorporado. Avatar no pasará a la Historia del Cine como una gran película, pero sí que es un interesante producto industrial que hay que conocer.

VICENTE