Adscrito a una línea, ya una tradición, de humor francés que invita a recordar y reivindicar los nombres de Pierre Étaix, Robert Dhéry, Bourvil y, evidentemente, el prolífico Francis Veber, de quien no resulta difícil evocar la modélica La cena de los idiotas, este film de Danny Boon (además de director, interpreta al empleado de correos de Bergues que vive con su madre y toca el carillón), supone una declaración de principios acerca de la voluntad de divertir y hacer reír al espectador.
Por eso, lo de menos es la confrontación entre los tópicos que suelen distanciar a los ciudadanos del norte y los del sur (sobran ejemplos españoles, italianos y, como en este caso, franceses) e incluso los ajustados conflictos de la trama (el deseo de vivir junto al Mediterráneo, las depresiones de la esposa del protagonista, el proceso de adaptación al norte, frío y matices idiomáticos al margen, o los problemas familiares o sentimentales). En realidad, dichos conflictos únicamente sirven, con una acertada construcción y con una inteligente sucesión de sorpresas, a ese objetivo básico de provocar la carcajada del público. Chistes, especialmente derivados de la manera de hablar o pronunciar determinadas letras, y gags —abundantes, con especial brillantez en los encuentros con el amigo de Recursos Humanos, con el inspector de trabajo, con el policía de tráfico, la exagerada autoparodia organizada con motivo de la visita de la esposa, etc.— constituyen un excelente caldo de cultivo para sonrisas, risas y carcajadas.
Un film que se disfruta de cabo a rabo, incluidas las tomas fallidas que acompañan el rodillo final, por su frescura, sus aplicados intérpretes, su sentido de lo cotidiano (todos los personajes son empleados, con modestas economías, de hábitos elementales), con ese aliciente especial para los francófonos que tan bien han sabido traducir los responsables de los subtítulos. Chenchaquional!
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