David Strathairn en una escena de BUENAS NOCHES, Y BUENA SUERTE, de George Clooney.
(4) BUENAS NOCHES Y BUENA SUERTE, de George Clooney
Libertades civiles bajo sospecha

La segunda película como realizador de George Clooney, tras la atípica Confesiones de una mente peligrosa, es un relato honesto y valiente que, a pesar de su escrupulosa fidelidad a los hechos reales en los que se inspira —el enfrentamiento, desde las pantallas televisivas de la CBS, del periodista Edward R. Murrow con el senador McCarthy, durante los años de la caza de brujas en los USA—, sabe trascender las circunstancias concretas de los mencionados sucesos para convertirse en una enérgica e imprescindible reflexión acerca de la defensa de las libertades civiles frente al poder del Estado. Unas libertades civiles que frecuentemente son puestas bajo sospecha con el falaz reclamo de unos intereses generales que, como en el caso de McCarthy, sólo esconden intereses particulares de grupos sociales y económicos. Una situación y un conflicto moral que, como se encarga de recordar el cineasta en sus declaraciones, lo mismo vale para esa oscura etapa del maccarthysmo que reconstruye la película, que para unos años antes, con los campos de internamiento para norteamericanos de origen japonés durante la Segunda Guerra Mundial, o para el presente, con la cruzada contra el terrorismo global emprendida por la administración Bush y sus cómplices internacionales.
Para recrear estos hechos en la pantalla, Clooney se sitúa en las antípodas del biopic al uso —una posición realmente excepcional en el cine nortemericano, inventor y gran cultivador de este odioso formato—, de tal modo que los diversos protagonistas de la historia no existen como personajes, ya que el cineasta oculta voluntariamente cualquier información al respecto (la alusión a la situación de pareja entre Robert Downey jr. y Patricia Clarkson, se justifica por la función que tiene su desenlace dentro del relato) y se «limita» a reproducir los hechos que interesan al discurso moral planteado, a partir de los propios materiales de la época (los programas de Murrow o las intervenciones del senador McCarthy), ordenándolos de modo que, además de propiciar una reflexión sobre el papel de la televisión que llega directamente hasta nuestros días, componen un apasionado alegato en favor de la libertad, de prensa, de expresión y de vida, que alcanza toda su complejidad y significado cuando el miedo se instala, a través de pequeños gestos y reacciones, entre los propios componentes de la combativa redacción.
Punto y aparte merece el soberbio trabajo de los actores, comenzando por un impresionante David Strathairn y continuando por el propio realizador, los citados Robert Downey jr. y Patricia Clarkson, Ray Wise, Frank Langella, etc., todos ellos sobresalientes. Películas como la presente nos permiten seguir confiando en esa dignidad que, a pesar de los acosos del mercado, los grupos de presión conservadores y la política oficial, no ha perdido nunca el cine norteamericano.

PEDRO URIS