Este film es una biografía musical cuyo eje narrativo descansa en el personaje de Leonard Chess (Adrien Brody), un emigrante polaco que se convirtió en dueño de un modesto sello discográfico (“Chess Records”), en Chicago, que entre 1950 y 1969 registró y difundió las canciones de los intérpretes de blues más destacados de aquellos años. En su actividad profesional, ejercida no sin cierto paternalismo empresarial, logró contratar a figuras tan relevantes como Muddy Waters (Jeffrey Wright), Etta James (Beyoncé Knowles), Little Walker, Chuck Berry, Howlin´ Wolf y Willie Dixon (cuya voz asume la función de narrador en “off”).
No son pocas las veces que el cine ha abordado esta importante modalidad de música negra, desde Taylor Hackford (Chuck Berry, Ray) a John Landis (Granujas a todo ritmo) pasando por Wim Wenders (The soul of a man). En esta ocasión, la realizadora Darnell Martin ha elaborado un correcto relato biográfico, nada idealizado, en el que la cantidad de personajes impide profundizar en cada uno de ellos, pero dotado de suficiente complejidad (el negocio del disco, las amistades y rivalidades entre bluesmen, los líos con mujeres, la turbulenta vida de unos cantantes que coquetearon demasiado con el alcohol, las drogas y la cárcel) y de atractivo para hacer las delicias de los aficionados a esta clase de música.
La mirada sociológica sobre el fenómeno que nos ocupa es también lo bastante rica para captar sus diversas etapas (entre finales de los 40 y mediados de los 60), con el nacimiento, apogeo y declive de una creación artística procedente de los campos sureños de algodón y su posterior difusión, en plena época de segregación racial, gracias a los estudios discográficos que convirtieron el blues en un éxito de ventas hasta su transformación (¿comercialización?) en rock-and-roll (Elvis Presley en 1955), una música plenamente aceptada por la juventud blanca del mundo occidental, un ritmo denostado en vano por los más puritanos (partidarios del más conservador country) pero catalizador de la vitalidad y la rebeldía que anunciaban los nuevos tiempos.
La apoteosis del blues, una modalidad de música étnica (el jazz fue y es una manifestación más minoritaria), generó unos grandes beneficios, merced a su masiva difusión radiofónica, que posibilitaron a algunos cantantes el inmediato paso de la pobreza a la riqueza como detentadores de un nuevo estatus socio económico que estuvo simbolizado por la exhibición de lujosos automóviles “Cadillac”, a los que alude el título de la película. La dirección musical está a cargo de Terence Blanchard (famoso trompetista y arreglista) y, salvo algunos registros originales de archivo, los propios actores han prestado sus voces para interpretar las viejas y ya míticas canciones.
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