Más allá de las interesadas polémicas que están acompañando el estreno de este valiente y estimable film de Javier Fesser, de su mayor o menor inspiración en casos reales, o del alcance personal de su dedicatoria final a una niña fallecida en circunstancias similares a las de la protagonista y hoy en proceso de beatificación, conviene recordar primero que nos encontramos ante una historia de ficción, que habla de la realidad sin atenerse, por supuesto, a anécdotas concretas de ese mundo real, que, por otra parte y como no pude ser de otro modo, le alimenta de experiencias, ambientes y valores.
Una película en clave dramática que busca el corazón del espectador, y que como tal construye una historia rebosante de dolorosos sentimientos, con escalofriantes acontecimientos protagonizados por unos personajes que están perfectamente atendidos en su complejidad, hasta los más «negativos» (quizás con la excepción de los dos sacerdotes, pero se trata de un par de tipos que apenas dejan margen para la humanidad), como es el caso de la madre, para mí una arpía en toda regla, pero capaz, contando con el concurso de una excelente actriz como Carmen Elías, de expresar un dolor que la aproxima al espectador. Unos sentimientos dolorosos que encuentran su contrapunto en el luminoso primer amor de la niña protagonista, una inocente apuesta por la vida que deja en evidencia ese mundo de las tinieblas que señala al dolor y la renuncia como medios para alcanzar la felicidad, un absurdo de tomo y lomo que, sin embargo, constituye la base de muchas religiones —entre ellas la cristiana que ejerce de tétrico paisaje de fondo de esta historia— empeñadas en afirmar que lo mejor llega en otra vida que no existe, y que en la única que existe lo mejor es joderse. Daría risa, si no fuera porque provoca tanto llanto.
Una demoledora reflexión sobre los mecanismos de la religión, que la película proporciona de forma natural, sin innecesarios subrayados, sólo a través de los sucesos y de sus personajes, y que se sustenta físicamente —y éste es uno de los valores del film, por lo novedoso de su aparición en la pantalla— en su revelador retrato de los usos físicos y morales de la Obra o el Opus Dei, un espacio cuasi carcelario —absolutamente carcelario en su apartado moral—, que ejerce un control despiadado de sus numerarios y en el que se practica un machista servilismo de sus miembros femeninos respecto de los masculinos. Auténticas células durmientes del terror que, desde sus pisos francos esparcidos a lo largo de nuestras ciudades, constituyen una seria amenaza para la vida y la libertad de todos nosotros.
PEDRO URIS |