En el cine hay melodramas buenos y malos. En este popular género fílmico, cuando el relato es coherente, los personajes verosímiles y los avatares sentimentales se apoyan en una sólida base realista, surgen maestros como Charles Chaplin (la pobreza y la soledad de Charlot en medio de la crisis económica de los años 30) o Douglas Sirk (el puritanismo, el clasismo y el racismo en la sociedad norteamericana de los años 50). En caso contrario, los tópicos argumentales, la explotación lacrimógena de las emociones más primarias y la moraleja colada a traición invalidarán muchos de los films sustentados en la falsa autonomía de los sentimientos.
Viene todo esto a propósito de Cartas para Jenny, una producción argentina compartida con España e Israel (lugar del rodaje) que utiliza una rebuscada trama para exaltar los valores familiares, étnicos, morales y patrióticos del judaísmo más tradicional. La chica embarazada cuyo novio la abandona para irse al extranjero (Barcelona) a triunfar como músico y le obliga a plantearse el aborto huele demasiado a telenovela de sobremesa. Y la madre enferma que muere joven (un suicidio que resulta ser un accidente) y le deja a su hija cuatro cartas para que las lea en momentos clave de su vida (primera menstruación, boda, primer hijo y situación desesperada) nos remite al peor folletín latinoamericano. Al final, en Jerusalén, un nuevo amor, una amiga de la madre y un rabino vendrán a confirmar que la vida es maravillosa.
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