Alberta Ammann y Luis Tosar en una escena de CELDA 211
(3) CELDA 211, de Daniel Monzón
Odio en las entrañas

Un relato carcelario que recrea un drama clásico de las historias de la pantalla, el del hombre justo que, por azar o en el cumplimiento de su deber, pasa al otro lado de la ley y no sólo conoce en carne propia esta otra cara de la moneda, fascinación por el mal incluida, sino que también entra en relación con un personaje, el jefe de los malos, que constituye su reverso, pero con el que iniciará un proceso de acercamiento que desembocará en una estima mutua cercana o asimilable a la amistad. Una evolución, la del protagonista, siempre difícil y que en esta ocasión lo es todavía más al estar concentrada la acción en muy poco tiempo, las horas que dura el motín carcelario, un escollo que, sin embargo, está perfectamente salvado en el guión que firman el propio cineasta y el experimentado Jorge Guerricaechevarría, por más que para ello deban introducir espoletas muy poderosas que aceleren el proceso de transformación del joven celador, en este caso la subtrama de la esposa del mismo, unos recursos que siempre tienen el riesgo de parecer forzados o excesivamente casuales, pero que en esta ocasión aparecen muy bien trabajados para que el espectador los acepte sin dudas o sobresaltos, incluso un hecho tan poco probable como la intervención de los celadores de la prisión en la represión del tumulto de familiares ante el penal, un suceso imprescindible para avanzar la acción, se “justifica” a partir de la belicosa actitud del jefe de los guardias que interpreta un perfecto Antonio Resines.
Esta condición de drama ya establecido en sus hilos más profundos no le resta al film un ápice de interés -hay quien piensa que todas las historias se encuentran en la mitología griega-, ya que lo importante es como lo adapta a unas circunstancias personales y sociales específicas, como crea a partir del mismo una historia singular a la que este tejido de fondo le concede un aliento universal, y en ambos apartados la película resulta sobresaliente. En el fondo social, además de las circunstancias concretas de los ambientes penitenciarios españoles, con la inclusión del trío de presos etarras que lidera Patxi Bisquert, todo un hallazgo, por más que las consecuencias nacionales del motín, atentado de ETA incluido, resulten un poco excesivas y probablemente ni siquiera hubiera hecho falta descender a tales detalles, Y en lo que se refiere a los personajes, porque los dos tipos que conducen la acción y el conflicto principal no sólo están perfectamente atendidos en sus sicologías y en sus reacciones, en sus luces y en sus sombras, sino que también establece entre ellos una compleja relación de polos opuestos que no lo son tanto, ambos pertenecen a la misma especie, la humana, con sus miserias y su grandezas, que concluye en una magistral escena final en la celda, que nos recuerda otro encuentro de similares características e idéntico escenario, el que mantienen Sean Connery y Richard Harris en la última escena de The Molly Maguires, de Martin Ritt, en España Odio en las entrañas.
La excelente factura del film, tanto de puesta en escena, un talento al que ya nos tiene acostumbrados Daniel Monzón, como de ambientación, montaje, y sobre todo de interpretación (con una larga lista de estupendos actores nacionales, en la que, además de los citados Tosar y Resines, vamos a destacar, y que nos perdonen el resto, a Carlos Bardem y a Luis Zahera, un capo colombiano el primero y un siniestro tipo con dificultades en el habla el segundo, ambos con aspecto de haber sido trasladados directamente al set desde las entrañas de cualquier prisión del mundo real), completan los muchos atractivos de esta contundente e interesante película.

PEDRO URIS