Elmar Wepper en una escena de CEREZOS EN FLOR
(3) CEREZOS EN FLOR, de Doris Dörrie
Las nieves del Fuji-Yama

Esta producción franco-alemana de la cineasta Doris Dörrie (Hannover, 1955) consiguió el Oso de Oro en el festival de Berlín (además de triunfar en las Semanas de Cuenca y Valladolid) tanto por su brillante factura visual como por la profundidad de sus ideas y sentimientos, a pesar de lo limitado de su presupuesto, que se concretó en un reducido equipo de rodaje armado con cámaras ligeras de formato digital que permitieron un gran margen de libertad y de eficacia a la hora de rodar tanto en Berlín y el mar Báltico como, sobre todo, en Japón, donde Tokio y el monte sagrado Fuji adquieren una gran relevancia. Todo ello combinando en necesario rigor de planteamientos con un amplio margen de improvisación.
El guión de la propia realizadora está lleno de referencias autobiográficas, especialmente aquellas referidas a su fascinación por el país del sol naciente, con sus paisajes y costumbres, apreciándose una cierta identificación entre el protagonista (un viudo ya maduro) y la cineasta alemana a la hora de este viaje iniciático de descubrimiento del Oriente, reviviendo aquél en la imaginación experiencias que, por exceso de trabajo o por despreocupación, no fueron posibles en vida de su esposa.
La película empieza como un homenaje al maestro japonés Yasujiro Ozu (Cuentos de Tokio, 1953), retomando el drama de los padres viejos que visitan en la gran ciudad a sus hijos, demasiado ocupados para atenderlos adecuadamente. Tras una breve y esplendorosa estancia de la pareja en el mar, se inicia el traslado hasta Japón del ya viudo solitario para visitar a otro hijo suyo. Allí descubre y revive la obsesiva pasión de su esposa, asumiendo los motivos de su interés por la cultura nipona. Un ritmo pausado y solemne, con planos de larga duración, muestra el lento fluir de los pensamientos y de las emociones (convertidos en rituales poéticos por los grandes cineastas orientales).
El principal mérito de Doris Dörrie ha sido fundir en un mismo relato la complejidad de diversas líneas temáticas: 1) Escenas de la vida cotidiana, de carácter costumbrista y descriptivo, en torno al hogar, la familia, las calles de las ciudades, los bares, etc. 2) Un discurso sobre la importancia de los sentimientos en la vida de las personas: la rutinaria relación con la esposa, añorada más tarde y convertida tras su muerte en una pasión vivificante —con la ayuda de la joven bailarina japonesa de “butoh”— que hace posible el íntimo diálogo entre los vivos y los muertos. 3) Reflexión filosófica de carácter existencialista sobre la vejez, la belleza y la fugacidad de la vida; el esplendor de algunos momentos y el inevitable ocaso final; el verdadero sentido de la existencia y la muerte trascendida por el amor. 4) Una serie de objetos dotados de significación metafórica como el quimono y la ropa de la esposa, la mosca, los cerezos en flor, el paisaje japonés… que nos remiten a la compenetración afectiva, a la belleza terrenal y a la conveniencia de gozar de cada instante de felicidad, por efímero que sea.
La identificación del protagonista con su esposa ausente descansa en la apropiación interior de la misma, en un diálogo permanente que traspasa las fronteras de la muerte, en un ejercicio de conocimiento que nos conduzca a la serenidad y en una apertura personal al mundo que nos conceda una vida plena y eterna. Cerezos en flor es un hermoso canto al amor intemporal y también a la vida terrenal, así como una invitación a disfrutar de la felicidad.
El film, con su pausado discurrir, transmite un aire melancólico cargado de añoranzas que sólo el contacto generoso con los demás podrá trascender, mientras la cámara se limita a contemplar desde cierta distancia, discretamente, la serena experiencia humana del renacimiento y de la iluminación interior.

VANACLOCHA