El cine de boxeo ocupa una destacada posición en la historia del cine norteamericano, fundamentalmente en clave social, con notables ejemplos de denuncia en los años cuarenta y cincuenta, o en clave hagiográfica o discutiblemente biografista. En esta última corriente se inscribe el film de Howard, repleto de combates de muy escaso interés —físico y dramático—, centrado en la figura de un boxeador de los años de la Gran Depresión y del relanzamiento rooseveltiano, cuya blandura ideológica invita a recordar los más rancios afanes del peor cine de Capra.
Así, mientras apenas nos exonera de algún round, mientras no duda en exaltar los sentimientos del protagonista, de su familia, de sus vecinos o de sus compañeros de trabajo, el film de Howard se muestra incapaz de analizar contradicciones sociales, deportivas, humanas, resolviéndolo todo con personajes de una pieza y unos cuantos guiños al maniqueísmo y a la sensiblería de andar por casa.
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