Presentada en Cannes 2007, esta atractiva e insólita película, debut en el largometraje del fotógrafo holandés Anton Corbijn (un hombre que, tanto profesional como personalmente, conoce bien los ambientes y los protagonistas de la música de nuestro tiempo), recrea la corta e intensa existencia del músico británico Ian Curtis, cantante de Joy Division, una formación inglesa que existió y actuó en la segunda mitad de los setenta y se disolvió, tras el suicidio de su líder, en mayo de 1980. Una circunstancia que revalorizó o mitificó la obra de un grupo, sólo dos álbumes de estudio, que ha pasado a los anuarios como representante por excelencia del post punk, una relectura personal de diversas tendencias del pop alternativo del momento, y que manifestó, en sus letras y en la propia interpretación que de las mismas hacía Ian Curtis, un aliento especialmente oscuro y poco acogedor, unos ecos de poesía maldita que encuentran su hábitat natural en los muros de una ciudad de Manchester que la película dibuja, física y moralmente, como particularmente inhóspita.
Se inspira para ello en Touching from a distance, el libro que escribió Deborah Curtis, la viuda del cantante (en la película a cargo de una Samantha Morton tan eficaz y profesional como de costumbre), y elige, y aquí encuentro la principal limitación del film, una mirada preferentemente intimista, de descripción del drama personal de este joven que decidió acabar con su vida con tan sólo 23 años de edad, en detrimento de una mayor observación de los ambientes y los tiempos en los que esta música nació y ejerció su influencia. En otras palabras, escoge los caminos del biopic en lugar del documento, y en algunos aspectos, no en todos por supuesto, anda más cerca de la aproximación a la vida de Johnny Cash que efectúa un film como En la cuerda floja, de James Mangold, que de la mirada de Michael Winterbottom sobre idénticos ambientes en la estupenda 24 hour party people, película que precisamente utiliza como elemento vertebrador un concierto de las Sex Pistols al que, tal y como recoge el film que nos ocupa, asistió el propio Ian Curtis.
A pesar de arrastrar consigo algunos estigmas del biopic -por momentos el film es la historia de un triángulo con tormentos y dudas demasiado vulgares o cuando menos demasiado conocidos-, Control logra romper muchos de los techos del modelo a base de sinceridad y honestidad, dos virtudes de las que anda sobrada la película, comenzando por la elección del blanco y negro, el free cinema más social en la memoria (Sábado noche, domingo mañana, o La soledad del corredor de fondo), para retratar tanto la ciudad, Manchester, como al personaje y su entorno social y familiar; continuando por los acertados apuntes que nos deja sobre esos escenarios, imprescindibles para comprender la música y la poesía que nos propone el cantante, ya sea el trabajo en la oficina del paro del protagonista o la actitud de la clase médica ante la epilepsia que padece nuestro hombre; o por la compleja disección que, en muchas ocasiones, efectúa del mencionado triángulo, nada que ver con miradas complacientes ni con fáciles modelos fílmicos al respecto; y finalizando por la eficaz inclusión dentro del relato, integradas en la historia y en su discurso moral, de unas canciones que a veces tocan el cielo, con un sobresaliente para Sam Riley, actor que nos regala un perfecto y fascinante Ian Curtis. Una película que, desde luego, no conviene perderse, aunque haya sido estrenada con retraso y en una sola sala.
PEDRO URIS |