Hafsia Herzi enuna escena de CUSCÚS
(3) CUSCÚS, de Abdellatif Kechiche
Un universo ejemplar

Ya en sus anteriores largometrajes (La faute à Voltaire, inédito en España, y La esquiva, puntualmente estrenado), Kechiche había dado muestras de su talento narrativo y de su capacidad para poner en tela de juicio diversos aspectos de lo intercultural, y, sobre todo, para aproximarnos a unos personajes que logran vivir por encima de sus protagonistas, transmitiendo la sensación de que son tal como los encontramos. Una especie de sabia aprehensión del neorrealismo más riguroso, más evidente en este caso, si cabe, donde la mirada al universo familiar evoca grandes momentos de la tragicomedia italiana.
Ese universo familiar, construido desde la inmigración, sedimentado a lo largo de los años y de las generaciones más jóvenes en una frontera entre dos mundos, con determinado mantenimiento de tradiciones y actitudes frente a un modelo occidental perfectamente reconocible —la empresa del puerto, los bancos, el ayuntamiento, el teniente de alcalde, los permisos, la legislación, etc.—, y una serie de crisis en el seno familiar, más o menos disimuladas en esos obligados encuentros del domingo, que cristaliza en una larga secuencia central que, bajo la condición de fiesta de presentación del proyecto de restaurante especializado en cuscús de pescado (Le graine et le mulet, el grano y el mújol del título original), esconde la materialización de un sueño que tiene que servir de crisol familiar: la madre guisando, los hijos y, especialmente, las hijas, actuando como camareras, desembocando en esa espectacular y vertiginosa, y fuera de programa, danza del vientre a cargo de la hija de la amante.
Una mirada rigurosa y compleja, sin concesiones, que adquiere especial emoción en secuencias como la de la esposa engañada, con ese discurso entrecortado por el llanto y la rabia, a través de un relato coral en el que todos los personajes acaban participando de alguna manera, que coloca al espectador en una situación, igualmente dividida entre humor, emoción o pura indignación, de participar en un análisis moral y social en el que, de alguna manera, todos andamos enredados.

LLORÉNS