Lina Leanderson en una escena de DÉJAME ENTRAR.
(3) DÉJAME ENTRAR, de Tomas Alfredson
Vampiros en la nieve

Si Nosferatu (F. W. Murnau, 1922) y Vampyr (C. T. Dreyer, 1932) han pasado como hitos a la historia del cine no ha sido por la abundancia de truculencias terroríficas y de chorros de sangre en sus imágenes sino por constituir unos discursos fílmicos donde lo sobrenatural y lo poético lograban iluminar las zonas más oscuras e inquietantes del alma humana. De ahí el interés y originalidad de un film como Déjame entrar, cuarto largometraje de Tomas Anfredson (Lidingö, Suecia, 1965), premiado como el mejor film fantástico europeo de 2008 y basado en la novela homónima de John Ajvide Lindqvist, que él mismo convirtió en guión para su adaptación a la gran pantalla.
Ubicada en un suburbio de Estocolmo, en 1982, la película muestra como preocupante telón de fondo el declive del estado del bienestar en el “paraíso” sueco, caracterizado por sus legendarias conquistas sociales y ahora dominado por la penuria de los sectores obreros, la rutina y el aislamiento de los vecinos en un clima gris, desolado y violento. En estas circunstancias, la comisión de misteriosos asesinatos coincide con la llegada al barrio de una extraña niña de 12 años acompañada de su padre (en la novela es un pederasta).
Pronto los espectadores saben que la chica (Eli) necesita beber sangre humana para sobrevivir y que inicia una relación de amistad y afecto con un vecino de su misma edad (Oskar), maltratado en la escuela y desatendido en su casa, sin padre ni amigos. La pequeña vampira, solitaria y atormentada, se muestra sólo por la noche. Son los dos unos marginados, pero el desamparo de Oskar y los poderes mágicos de Eli resultan complementarios. Sus encuentros son como la luz en medio de la oscuridad, una posibilidad de liberación y de redención gracias a la fuerza del amor romántico.
Rodada en condiciones muy adversas, a veces con 30º bajo cero en exteriores, pero con un storyboard previo con precisos dibujos de los planos, Déjame entrar es un relato fuera de lo común, hecho de luces y de sombras (blanca nieve y zonas oscuras) en el que brillan la sutileza de los actores, el ritmo pausado, la expresividad de las imágenes, el lirismo de los sentimientos y la precisión de las elipsis narrativas (la escena última de la piscina). Aquí tenemos ensamblados con total ambigüedad los conceptos del bien y del mal, que encarnan los dos pequeños protagonistas.
Déjame entrar, en definitiva, hará las delicias de los más exigentes amantes del género que encontrarán, cohabitando en armonía, realismo y fantasía, cotidianeidad y pesadilla, ternura y horror, drama y sarcasmo.

Vanaclocha