Insípida y olvidable cuarta parte de una saga de terror que banaliza la muerte hasta el punto de provocar el efecto contrario a la deseada: más que miedo, la persecución mortal a la que son sometidos los protagonistas del film —por una fuerza maléfica de la que no sabemos nada— causa hastío y vergüenza ajena, pues la historia se reduce a un macabro juego que consiste en adivinar qué personaje es el siguiente en morir y de qué forma, cada cual más perversa y brutal. Es tal el detalle en la descripción de los accidentes y de sus trágicas consecuencias que parece estar diseñada para gratificar y deleitar a psicópatas y sádicos. Ni qué decir que muere hasta el apuntador. Huir.
PAU VANACLOCHA |