Esta brillante comedia de Joaquín Oristrell (Barcelona, 1953) intenta compaginar la comicidad de los clásicos (Howard Hawks, Leo McCarey, Preston Sturges) con una mirada moderna cuyos planteamientos no pueden evitar la sombra de cierto oportunismo comercial a la hora de abordar temas como el “ménage à trois”, la gastronomía y la emancipación femenina. Pero el guión del propio realizador y de Yolanda García Serrano logra en buena medida, a base de oficio, trascender los lugares comunes barajando con cierto talento los conceptos de hedonismo (el disfrute de los placeres de la vida), espíritu libertario (transgresión de los valores morales establecidos en materia de sexo, pareja y familia) y vitalidad de unos personajes caracterizados más por la acción que por la reflexión, siempre presentados con un ritmo ágil y diálogos chispeantes.
El juego del trío protagonista, en el que destaca el papel de Olivia Molina como cocinera de éxito internacional, evidencia una cuidada dirección de actores y va perfilando el carácter de cada uno de los personajes, tan distintos como inseparables, representantes respectivamente de la sensatez, la aventura y la pasión. Dieta mediterránea nace también con la pretensión de trazar un panorama, tanto sociológico como gastronómico, de nuestro país desde 1968 a la actualidad, reflejando como telón de fondo la evolución desde los populares merenderos de playa del primitivo turismo a la alta cocina para gourmets elaborada por chefs como Ferran Adrià y otros que aparecen fugazmente en pantalla.
Ahí tenemos pues el progreso económico, el negocio de los restaurantes, la aparición de sofisticados guisos y sabores, la mirada irónica sobre los críticos gastronómicos, la discutida cocina de la “deconstrucción” o los tics de los nuevos dioses de los fogones, sin olvidar la loa de la dieta mediterránea (basada en el aceite, el vino y la harina), tan sabrosa como saludable y que ha llegado a consagrar un genuino modo de vida, dominado por la sensualidad (ver el cine de Bigas Luna), que hace compatible el bienestar físico con los placeres de la buena mesa.
Los espectadores más exigentes captarán seguramente cierto artificio en un guión con situaciones algo forzadas en donde la verosimilitud sufre y resiste como puede las acometidas de la lógica cotidiana. En el universo que se nos muestra, el drama no tiene nada que hacer ante una felicidad indestructible y apenas empañada por nubes pasajeras (véase la ligereza con que se aborda la bisexualidad).
La cita expresa de Jules et Jim (François Truffaut, 1961) indica claramente las intenciones de Oristrell, pero su comedia—evidentemente— está lejos de la maestría de un Lubitsch o un Wilder a la hora de proyectar las luces y las sombras de las relaciones amorosas. Lo difícil del genero, señalo una vez más, es vertebrar con inteligencia la libre imaginación creadora y el sustrato “realista” de los argumentos.
VANACLOCHA
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