A partir de una novela de Antonio Skármeta —el autor de El cartero y Pablo Neruda tiene, además, un pequeño papel en el film como crítico de danza de un periódico—, esta nueva película de Fernando Trueba confirma los buenos modos y talento de un cineasta cuya ya poblada carrera tiene mucho que ver con los derroteros de esta película, puesto que la aventura y el romanticismo —entendido como aspiración o creencia en la posibilidad de que podemos llegar a cambiar aquellas cosas de la realidad que no nos gustan, en palabras del propio Trueba— se dan la mano a las mil maravillas en El baile de la Victoria y nos remiten a muchos otros momentos de la filmografía de su autor.
Un film extraño, de alguna manera, que se entenderá mejor en segundas visiones y con el paso de los años, como ocurre con determinados títulos de John Huston y tantos otros considerados menores en el momento de su estreno. Extraño porque se mueve en territorios como la comedia, la aventura, el drama y el relato de ladrones, porque sus protagonistas son un joven que ha ido a la cárcel por robar un caballo y un veterano ratero experto en reventar cajas fuertes, unidos con otro sueño, el de un robo perfecto a un cacique pinochetista, y por el encuentro con una espléndida danzarina, también muy joven, traumatizada por la muerte de sus padres a manos de los golpistas. Si fuera una producción norteamericana al uso se pasarían por alto determinados reparos que he escuchado a propósito del film de Trueba. Cuando sucede todo lo contrario (un ejemplo podría ser Nueve reinas y su remake made in USA, vivo el primero, difunto de nacimiento el segundo): el universo descrito certeramente por Skármeta y Trueba pertenece a ese patrimonio de paisajes y paisanajes que refleja el país latinoamericano (Chile en este caso) donde transcurre la acción, donde tienen sentido los espacios abiertos, los caballos, los sueños frustrados de la bailarina callejera y del ladrón que aspiraba a recuperar a su esposa y a su hijo, y esa fascinante galería de tipos, desde el joven protagonista (Abel Ayala, digno de ser comparado con los mejores: Paul Muni, John Garfield, el Belmondo de A todo riesgo...) al taxista cubano, el propietario del hotel-burdel, el director de la prisión, el asesino liberado al margen de la ley, la ex mujer y su nueva posición social, etc., que contribuyen poderosamente a hacernos reconocible ese jodido contexto.
Porque, además y sobre todo, el film funciona por su estructura narrativa, con los diferentes y alternos seguimientos a los protagonistas, por los aspectos de la trama que conoce el espectador y desconocen los personajes, por la eficacia de una sólida puesta en escena y unos convincentes intercambios entre la ironía y la comedia y el drama y la fatalidad. Un balance muy notable para un film por el que vale la pena dejarse atrapar.
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