Una escena de EL CABALLO DE DOS PIERNAS.
(2) EL CABALLO DE DOS PIERNAS, de Samira Makhmalbaf
Paisaje deforme

Ambientada en Afganistán, por insalvables dificultades para rodarla en Irán, su propio país, esta nueva película de Samira Makhmalbaf, autora perteneciente a una significada familia de cineastas iraníes, que encabeza su padre Moshen, responsable de la idea original del presente film, y continua su hermana Hana, nos propone una terrible fábula acerca de unas relaciones humanas marcadas por la dominación del hombre sobre el hombre, con el niño lisiado, ha perdido las dos piernas a causa de una mina, convirtiendo progresivamente en animal al chico que han contratado a su servicio para que ejerza de montura humana que le permita desplazarse. Esta lectura de largo alcance, según parece la intención última del film (la esencia misma de la época en que vivo, según palabras de la realizadora), constituye, sin embargo, la propuesta más limitada del mismo, ya que por un lado resulta, en ocasiones, demasiado simple y obvia -una cuestión agravada por lo reiterativo de algunas de sus acciones, tanto dentro de la escena como entre las diversas escenas-, y por otro tampoco atiende con demasiada fortuna la particulares sicologías de estos dos personajes y sus relaciones, que aparecen un tanto erráticos y arbitrarios en sus gestos y reacciones.
Más interesantes y valiosas resultan, en cambio, sus aportaciones a ras de suelo, casi documentales, con la cómplice descripción, cómo si estuviéramos dentro, que nos hace de un paisaje pleno de deformidades físicas y morales, con interesantes sugerencias en torno al desdichado papel de la mujer en el mismo (la mujer con burka y zapatos de cortesana y la pequeña mendiga compartiendo destino), y una escalofriante utilización de actores reales para interpretar unos papeles que no deben andar muy alejados de sus propias vidas, desde el protagonista, hasta el chico de menguadas capacidades mentales que vive en un depósito, pasando por todos los otros niños que desfilan por la pantalla, un paisaje que ya resulta tan revelador por sí mismo que, probablemente, la cineasta no hubiera necesitado forzar los sucesos del guión para obtener sus fines.

PEDRO URIS