Jorge Perugorría en una escena de EL CUERNO DE LA ABUNDANCIA.

(1) EL CUERNO DE LA ABUNDANCIA, de Juan Carlos Tabío
Bienvenido, Mr. Castiñeiras

A cuentagotas, pero de forma constante, el cine cubano se asoma a nuestras pantallas, la mayoría de las veces en forma de comedias agridulces que narran las intimidades de la vida en la isla e ilustran el cotidiano oficio de sus habitantes de sobrevivir con ese entusiasmo que caracteriza, al menos en el cine, al pueblo cubano. Esta película no es la excepción, y en ella Juan Carlos Tabío, veterano cineasta cubano, coautor con Gutiérrez Alea de la decisiva Fresa y chocolate, insiste en la fórmula que ya aplicara en Guantanamera o Lista de espera, ambas estrenadas en España, comedias corales en las que, como manda la tradición revolucionaria, el protagonista es el pueblo, y en las que la mirada crítica derivada del realismo con que se contemplan las dificultades de ese día a día con escasos medios materiales, encuentra su contrapeso, no sé si a instancias de las mismas urgencias revolucionarias, en ese aliento optimista con que todos encaran su presente y su futuro.
Juan Carlos Tabío enriquece la narración con diversos recursos que distancian el relato, desde el off del protagonista o sus complicidades con la cámara, hasta situaciones tan simpáticas como el tipo que no juega ningún papel en la historia pero saluda al protagonista para salir en la película, o el encuentro entre los dos eternos rivales narrado según los códigos del western, porque la persona que lo cuenta es un fan del género. Una disposición narrativa de la que el cineasta ya había hecho gala en trabajos anteriores, como Se permuta (1984) y sobre todo Plaff (1988), y que proporciona al film un agradable aire cómplice, aunque finalmente todo resulte demasiado visto, y esta historia de pueblo cubano que sigue los pasos del Villar del Río de Bienvenido Mr. Marshall (película que, en un ejercicio de honradez, se cita explícitamente) y encomienda su salvación a la quimera de una ayuda llovida del cielo exterior, se quede corta en casi todas sus prestaciones, por sospechosamente conocida en unos casos, su retrato de la sociedad cubana contemporánea, y por su escaso alcance en otros, como comedia de celos e infidelidades.

PEDRO URIS