Mohamed Bakri en una escena de EL CUMPLEAÑOS DE LAILA.
(3) EL CUMPLEAÑOS DE LAILA, de Rashid Masharawi
Un día más

Con su presencia constante en cada plano, el padre de Laila, interpretado por Mohamed Bakri (La casa de las alondras, 2007) es el protagonista absoluto de un film al que la falta de medios y la penuria de la industria cinematográfica palestina no han hecho ninguna mella artística. La expresiva sencillez de la puesta en escena de este inteligente film, escrito y dirigido por Rashid Masharawi, con el que obtuvo el premio a la mejor película en el Festival de cine de Singapur, es un vehículo óptimo para ofrecer al espectador una perspectiva privilegiada de la vida cotidiana en Palestina. La guerra, los misiles que caen y explotan con una arbitrariedad asumida, los controles de viajeros, los civiles armados... deben coexistir por fuerza con las necesidades de una vida “normal”, de un país con instituciones menos creíbles de lo que debieran, con un aparato administrativo en permanente remodelación. Los leves toques de humor casi derivan al negro, pero su objetivo no es el regodeo, sino la denotación de situaciones que rozan el absurdo, por el trastoque de la escala de prioridades en la vida de un pueblo que se ha tenido que acostumbrar a perder. Llevar cinturón de seguridad, no fumar en lugares públicos, etc. son pequeños detalles del día a día, pero en un país ocupado, permanentemente golpeado y humillado con todo tipo de armamento, son ínfimos rastros de convivencia y civilización cuando falta todo lo demás.
El protagonista (Abu Laila), un juez que ha regresado a Palestina para servir a su patria, es ninguneado por ministros, burócratas y jovenzuelos armados o adictos a videojuegos, debiendo ganarse la vida como taxista, sin perder un ápice de dignidad ni sentido de la justicia, con una resignación encomiable, dada la lucidez con que es capaz de observar y analizar a sus compatriotas, obteniendo solo desesperanza y desánimo. Todos los secundarios, las diversas circunstancias en que los pasajeros llegan al taxi, las pinceladas que describen una manera de sobrevivir, morir, celebrar bodas y cumpleaños, tienen la grandeza de poder servir de medida a la vida en cualquier conflicto, en cualquier ciudad no tan lejana en la que a la hora del desayuno un hombre elige morir en un mercado, mientras sus víctimas decidían qué comprar para la cena.

EVA PEYDRÓ