Angelina Jolie y Jeffrey Donovan en una escena de EL INTERCAMBIO.
(3) EL INTERCAMBIO, de Clint Eastwood
Madre coraje

Advertían las referencias que esta nueva película del veterano Clint Eastwood, ya casi ochenta años y al pie de la cámara, resultaba un tanto más plana que las anteriores (Mystic river, Million dollar baby, o la propia Sin perdón), toda vez que, a pesar de la brutalidad de muchos de sus sucesos —algo a lo que el cineasta nunca le pierde la cara, y ahí queda la escalofriante escena de la ejecución para refrendarlo—, los personajes se sitúan con facilidad a un lado u otro de la línea que separa el bien del mal, y sus almas apenas muestran las sombras derivadas del dolor extremo a que les someten los acontecimientos.
Esto es en buena parte cierto, ya que los distintos personajes cumplen roles más o menos clásicos dentro del modelo de relato elegido: la mujer que interpreta una siempre limitada Angelina Jolie es la madre coraje que el film espera de ella; el serial killer es un desequilibrado al gusto de Hollywood; los dos policías, el que cumple y el que no cumple con su deber, ambos a cargo de muy buenos actores, siguen con bastante fidelidad los patrones del modelo, y lo que aportan como plus casi llega de la mano de los mencionados intérpretes; el cínico director del psiquiátrico, por mucho que lo intuyamos identificado con una dolorosa realidad de la psiquiatría de tiempos pasados —con un diagnóstico de locas a las mujeres que no cumplen la norma, que remite a las brujas medievales—, también resulta homologable con otros desalmados celadores de la razón de los demás que hemos visto en la pantalla; los poderes públicos, a cargo del alcalde y el jefe de policía, cumplen igualmente ese papel de políticos oportunistas y desprovistos de moral a los que el cine acostumbra a adjudicar el papel de cabecillas de la conspiración; incluso, el personaje más novedoso, el pastor presbiteriano que interpreta un eficaz John Malkovich, no acaba de escapar del arquetipo del luchador contra el sistema corrupto, ya que los atributos propios de su condición de hombre de Dios van diluyéndose y terminan sin cumplir ninguna función. Un personaje muy secundario, el del prestigioso abogado que asume el caso a cambio de nada, resume a la perfección esta arquitectura de roles desprovistos de sombras, ya que su altruista y combativa aportación a la causa, decisiva para la condena final de los culpables, no esconde, al menos la película no lo apunta, ninguna otra intención que el puro compromiso ético, cuando lo cierto es que con el caso se está derribando a toda una administración en fechas muy próximas a las elecciones, y es difícil no imaginar alguna conexión política de un personaje tan influyente.
Esta discreta falta de matices a la hora de abordar los personajes tiene también su correspondencia en el momento de plantear la historia, eligiendo el punto de vista más complaciente y sencillo, el de esa «madre coraje» que luchará contra todos, y con todas sus fuerzas, para descubrir el destino de su hijo desaparecido. Un punto de vista que, no obstante y al igual que sucede con los personajes citados, está atendido con gran eficacia, dominando en todo momento el producto, y conociendo bien lo que el espectador espera del mismo, pero ignorando, en consecuencia, algunas perspectivas más complejas y menos previsibles, que unas veces vendrían derivadas de una mayor profundización en los intereses que animan a los defensores y detractores de esta mujer que, a su pesar, se convierte en símbolo de la lucha contra una administración corrupta; otras estarían unidas a la relación que los propios personajes tienen con el caso, como los dos agentes citados (la película crece en las escenas del policía y el adolescente implicado en los hechos) o el pastor que ejerce de martillo de corruptos; y en ocasiones de la mano de algunos elementos sacrificados en la historia que casi esconden más líneas de sombra que todo el relato, como ese niño con madre propia que, sin embargo, finge ser hijo de la protagonista.
Relativas limitaciones, en mi opinión decididas y asumidas desde el principio, que no impiden, en absoluto, que nos encontremos ante una película muy digna y estimable, que reconstruye, casi a modo de film río, en clave de relato lineal y contando los sucesos desde el primero hasta el último, las circunstancias de un caso real ocurrido en Los Angeles de 1928, y lo hace con un exquisito aliento clásico, mimando cada una de las escenas, dotando de verdad al conjunto y a cada una de sus partes, aunque a veces asome la sombra de una verdad de manual, y sobre todo dejando por el camino valiosas reflexiones acerca de la indefensión del individuo frente a un sistema social y político que, en cualquier caso, abusará de uno, y si además es corrupto, como el presente, será capaz de destrozarle el alma y el cuerpo.

PEDRO URIS