Mickey Rourke en una escena de EL LUCHADOR.
(3) EL LUCHADOR, de Darren Aronofsky
Manual de derrotas

Darren Aronofsky, cineasta que saltó a la palestra con la original y temblorosa Pi, nos propone en esta ocasión un relato de corte clásico, que poco tiene que ver no sólo con ese demoledor debut —apenas el excesivo gusto por la cámara en movimiento, aquí más postiza precisamente por los mimbres clásicos del film—, sino también con sus siguientes trabajos, Réquiem por un sueño o La fuente de la vida, siempre marcados por diversas licencias de forma y estructura, tal y como Hollywood supone a los autores.
Nada de esto sucede en El luchador, crónica ajustada a los modelos del melodrama de denuncia, de unos fracasos que se fraguan y perviven en universos de sueños colectivos, ya sea la lona de unas peleas que son puro espectáculo, o en la barra de las stripers de un local de segunda fila. Dos submundos que ejercen de espejo cóncavo para las declinantes trayectorias de sus dos protagonistas: un luchador en el final físico de su carrera, marcado por los golpes y las escasas rentas que le ha dejado su exitosa carrera; y una chica de club a la que ese mismo declive físico anuncia el final de una vida profesional, de la que tampoco ha sacado muchas rentas, ni morales ni económicas. Una relación inevitablemente condenada al fracaso, que la película contempla con sensibilidad y lujo de detalles, ayudada sin duda por el buen trabajo de sus dos actores, un Mickey Rourke convincente y gozando del plus que le concede su gastado físico, y una Marisa Tomei sencillamente extraordinaria.
Con todo, el principal acierto de la película es su reveladora descripción de ese universo de la lucha libre, todo un fenómeno de masas en los USA, un espectáculo apenas disfrazado de deporte, en el que los contendientes escenifican un combate pactado de antemano y en el que uno de ellos ejercerá de villano, generalmente asociado a otras etnias y nacionalidades, y el otro de héroe del público, en este caso como defensor del orgullo de los Estados Unidos, intercambiando golpes y porrazos que, aunque formen parte de un guión, dejan dolorosa, y muchas veces sangrienta, huella en los contendientes (el detalle de la cuchilla de afeitar, o la salvaje escena de las grapas). En definitiva, un espectáculo de violencia fingida pero efectiva, en el que los espectadores ya conocen el desenlace, pero que necesitan jalearlo como si su participación fuera necesaria para alcanzar la victoria final. Un espectáculo lamentable desde cualquier punto de vista, que ejerce de evidente válvula de escape de la violencia y las frustraciones de unos descerebrados, que, sin embargo, forman parte activa y respetable de una sociedad como la norteamericana.
En este apartado la película resulta brillante, capaz de introducirnos en la trastienda de la lucha libre, tanto la que sucede en los vestuarios, como la que se encuentra unos kilómetros más allá (la amarga escena de los veteranos de la lucha libre vendiendo su miserable merchandising en un local de la Legión Americana); pero resulta un tanto más discutible en su faceta de historia individual, de relato de personajes, relaciones y sentimientos, ya que, a pesar de la aludida intensidad de algunos momentos o de la eficacia de algunos recursos (el travelling del protagonista hacia el mostrador de charcutería narrado con un fondo que evoca su salida al cuadrilátero), resulta demasiado previsible, excesivamente plegada a las exigencias de las derrotas sucesivas a las que es sometido el protagonista. Hasta tal punto que, apenas ha sido planteado, ya sabemos como va a terminar lo de la hija, o su nuevo empleo, porque ya lo hemos visto otras veces, en otras películas; y lo peor no es saberlo de antemano, sino comprobar que ese fracaso anunciado está además armado sobre una circunstancia de lo más convencional y simplón, que también hemos visto otras veces, en otras películas; lo que termina proporcionando cierto aire de impostura a algunos momentos de un film que, por otra parte, mantiene la dignidad suficiente para destacarlo como estimable crónica de perdedores en el paraíso del éxito individual, un poco como hacía, hay que reconocer que con algo más de acierto, John Huston en Fat city, por elegir un ejemplo en que la actividad del protagonista también sea el dar y recibir golpes. Y para finalizar un consejo, conviene esperar a los créditos finales y no perderse la bonita canción de Bruce Springsteen que constituye el tema del film, The wrestler.

PEDRO URIS