Inés Efron y Mariela Vitale en una escena de EL NIÑO PEZ.
(2) EL NIÑO PEZ, de Lucía Puenzo
El objeto del deseo

El segundo largometraje de la argentina Lucía Puenzo, tras la insólita y estupenda XXY, nos vuelve a sumergir en un universo adolescente marcado por los afectos, el sexo, y la profunda inseguridad de unos jóvenes protagonistas que, sin embargo, se “protegen” del exterior con una coraza de todo lo contrario, aunque en esta ocasión los resultados son menos satisfactorios, a causa de lo relativamente vulgar de la historia que nos cuenta la película. Una historia inspirada en una novela propia, escrita a los 23 años de edad, que, según confiesa la autora, está narrada cronológicamente, todo lo contrario que ocurre con su traslación a la pantalla, que, en buena parte de su metraje, alterna un presente, el viaje / huida de la protagonista, con una serie de flash-backs que reconstruyen la historia del inmediato pasado. Una estructura que, en mi opinión, no aporta nada al relato, y que ni siquiera alienta la complicidad de un espectador obligado a recomponer el rompecabezas propuesto, ya que la solución del enigma, la muerte del padre que interpreta Pep Munné, no sólo no es lo importante, sino que además se ve venir de lejos.
Las reconocidas dotes de la cineasta para crear inquietantes mundos marcados a partes iguales por la terrible proximidad de los sentimientos y la magia perversa de los escenarios y sucesos (el guión de La puta y la ballena, dirigida por su padre, Luis Puenzo, o la citada XXY), quedan patentes tanto en las contadas apariciones del niño pez que da título al film, unas escenas que no acierto a encajar en el discurso, como sobre todo en la turbadora mirada que dirige sobre una historia que, no obstante, aparece marcada por demasiadas limitaciones, comenzando por una joven de lo más normal convertida en irremediable objeto del deseo sexual de todo bicho viviente que se acerca a ella, desde su padre, un bien definido galán de telenovelas (no sé si en referencia a los componentes de telenovela del propio film, que son unos cuantos), hasta la joven protagonista, pasando por el juez cabeza de familia y el vigilante nocturno; continuando por un largo y conocido desarrollo de pasiones y celos que tampoco desborda el tarro de las esencias; y concluyendo con un desenlace, el tiroteo en el burdel clandestino, tan forzado como bajo sospecha en sus movimientos físicos, con pistolas que aparecen en los lugares y momentos convenientes, y con los personajes afinando su puntería en función de las necesidades de un happy end sacado por los pelos.

PEDRO URIS