El esqueleto argumental de esta película, debut en el largometraje, tras una exitosa experiencia en el corto, de Santiago A. Zannou, no resulta especialmente novedoso, incluso casi se puede decir que es un pequeño clásico de las historias de la pantalla. Un delincuente de poca monta trata de enderezar su vida con un modesto negocio que le permita abandonar sus trapicheos callejeros, para ello contrae una deuda con el capo para el que trabaja que logrará saldar con dificultad, pero finalmente los errores de un allegado, amigo o familiar, le devuelven al hoyo. Si le adjudicamos las correspondientes particularidades de época y de espacio, se trata, aparentemente, de una historia que ya hemos visto otras veces. No es así, porque lo importante no es el esquema, el mecanismo argumental del relato, sino cómo se cuenta, es decir, los personajes, los ambientes, y la trascendencia. Y en los tres apartados esta película alcanza el sobresaliente.
Los personajes porque, con la ayuda de los actores y la puesta en escena, respiran verdad por los cuatro costados, desde el primero al último. Todos están contemplados sin ningún atisbo de paternalismo, con sus miserias y con su humanidad, añadiendo con cada gesto, con cada reacción, una pieza más en el puzzle de una personalidad que nunca es de una pieza, siempre se ajusta a unos móviles que podemos no compartir pero que tampoco podemos dejar de comprender. Hasta los más despreciables, como el capo o el hermano del protagonista, tienen asegurada la condición humana a través de algún gesto o de algún comportamiento: el dinero que el chico le ofrece al protagonista, o la ira final del mafioso del barrio al pensar que, a pesar de la confianza que inicialmente les concedió, la pareja protagonista le ha engañado.
Los ambientes, el espacio donde los personajes viven y la acción tiene lugar, están igualmente atendidos con escalofriante precisión, primero porque el cineasta confiesa conocerlos de primera mano, y segundo porque dispone del talento necesario para trasladarlos a la pantalla. El extrarradio de las grandes ciudades contemporáneas, un lugar para luchar y sobrevivir, un espacio sometido a su particular ley de la jungla, heredero de todos los extrarradios que desde Los olvidados en el cine han sido, esta vez con los signos propios de nuestro tiempo, un barrio mestizo, multicultural, y marcado por la droga y la delincuencia cotidiana. Un lugar en el que es difícil respirar y en el que los núcleos familiares están completamente desintegrados, de modo que sólo se puede confiar en los colegas y a veces ni eso. Unos colegas que ilustran en sus procedencias (payo, mulato y gitano) y actitudes, más o menos ajustadas a la legalidad, los colores y las opciones de estos hormigueros que crecen al abrigo de las grandes ciudades.
Y finalmente, la trascendencia, ese plus que hace que las historias superen sus circunstancias particulares —los personajes, los ambientes, los sucesos concretos— y nos remitan a sentimientos y conceptos de alcance universal, en este caso proponiéndonos una hermosa meditación sobre la determinación, sobre el «sí se puede», o al menos sí se puede intentarlo. Los protagonistas, una pareja de perdedores en toda regla, cuya «imposibilidad» para alcanzar ningún objetivo en la vida viene reforzada por la condición de minusválido de uno de ellos, paradójica y significativamente el más fuerte psicológicamente de los dos, recibirán una y otra vez los golpes que la vida tiene reservados a los de su clase, pero ello no doblegará su voluntad, su empeño por salir adelante, por llegar a más. Su determinación saldrá intacta del fuego que finalmente arrasa su sueño, aunque sólo sea para conseguir liar con una sola mano ese cigarrillo que tanto se resistía, o para cargar sobre los hombros molidos a golpes con el amigo y bajar uno a uno los peldaños de una escalera que se revela como prueba decisiva para decidir el futuro de los protagonistas.
PEDRO URIS |