No es que uno quiera vacilar de adivino, pero no resulta difícil vaticinar lo que se puede esperar a cada nueva entrega de esta moderna saga de documentales de naturaleza de calidad (Nómadas del viento, El viaje del emperador). Lo mejor va a llegar de la mano de sus sorprendentes imágenes de naturaleza, del fondo marino en esta ocasión; y lo peor de unos textos que se acogen al viejo vicio de adjudicar a los animales sentimientos humanos y hacerles “hablar” en consecuencia. Del balance entre la amplitud de los logros en el primer punto y el estrépito de los fracasos en el segundo, depende la valoración final del film, y en este caso hay que concluir que el mismo resulta bastante desalentador, ya que, por un lado, el grado de sugestión de las imágenes alcanza pocas cimas, pocos momentos mágicos, y muchas veces están empañadas por trampas de montaje demasiado evidentes; y por otro, el off, Blanca Portillo en la versión española y Miranda Richardson en el original, se acoge a una retórica de poesía barata de la peor especie, con algunas líneas realmente patéticas. Triste balance, pues, para este colosal viaje a través de los mares, cuyos protagonistas, las tortugas, merecían algo más de respeto. Y nosotros, los espectadores, también.
PEDRO URIS |