Una escena de FELICIDAD PERFECTA.
(3) FELICIDAD PERFECTA, de Jabi Elortegi
Las víctimas y los testigos

Presentada en la prestigiosa Zabaltegi del Festival de San Sebastián, esta producción vasca, debut en la pantalla grande de Jabi Elortegi, cineasta con amplia experiencia en el medio televisivo, adapta una novela de Anjel Lertxundi, un autor muy popular en Euzkadi que ya tiene experiencia en este tránsito del papel a la pantalla, pues él mismo dirigió la versión cinematográfica de una de sus novelas, Por la borda (1987); y nos propone una significativa, y en cierto modo novedosa, mirada sobre el eterno tema vasco -el de la confrontación violenta de unas ideas y unos sentimientos que ya hace tiempo, demasiado tiempo, deberían haber encontrado otros cauces para resolver sus diferencias-, que deja de lado a los verdugos y concentra su atención en las víctimas, unos pocos, y los testigos, la gran mayoría, a través de una historia de amor que está contada desde los supuestos del thriller (esa escena del guarda en el apartamento de la protagonista que el espectador no comprende y que ella desconoce), bien estructurada en su planteamiento y en sus giros, y con bastante poderío en su apartado pasional, con unos personajes plenos de carencias, unas conocidas, las de la chica, y las otras que sólo se intuyen, las del chico, y unos ambientes muy concretos, los del País Vasco, en el interior o en un exilio más o menos disfrazado. Una historia que recorre el pasado reciente, los años ochenta con el terrorismo golpeando una y otra vez, y un presente en el que permanecen las huellas de aquellos días, para dejar constancia de esa deuda pendiente que todos los testigos que miraron hacia otro lado tienen con las víctimas que arrastran su dolor a lo largo del tiempo.
Un relato de alcance y lecturas universales que, sin embargo, está escrito con la tinta y la sangre de un espacio con nombre propio. Tal como sucede en las buenas historias, en las buenas películas, por más que algunas limitaciones de puesta en escena, unas quizás derivadas de lo ajustado del presupuesto y otras de puntuales atascos de unos y otros (los que están delante y los que andan detrás de la cámara), oscurezcan por momentos los logros de esta estimable y sincera película.

PEDRO URIS