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| Mads Mikkelsen y Thure Lindhardt en una escena de FLAME Y CITRON. |
| (3) FLAME Y CITRON, de Ole Christian Madsen |
| La resistencia danesa |
Es de agradecer la última hornada de películas que nos cuentan episodios relacionados con la 2ª Guerra Mundial y la ocupación nazi de gran parte de Europa, que no están situados en países como Francia, Italia, etc., sino en naciones más pequeñas y desconocidas historias, como fue el caso reciente de la holandesa El libro negro (2006), de Paul Verhoeven, y la danesa que ahora comento. En ambos casos se trata de las películas más caras de la historia producidas por dichas cinematografías (Flame y Citron ha costado más de 6 millones de euros), que han obtenido un gran éxito en la taquilla de sus respectivos países y cuyo reconocimiento ha traspasado sus fronteras. El director Ole Christian Madsen (su primer largometraje, Pizza King, 1999, obtuvo la Luna de Plata en el festival Cinema Jove), que formó parte temporalmente del grupo Dogma, reconstruye con total libertad la historia real de dos miembros de la resistencia danesa contra la ocupación nazi y de los «compatriotas» colaboracionistas. Bent Faurschou-Hviid (estupendo Thure Lindhart, flemático y contundente, al que hemos visto recientemente en Hacia rutas salvajes, 2007, de Sean Penn), 23 años, conocido como Flame por su cabello pelirrojo, y Jørgen Haagen Schmith (me encanta Mads Mikkelsen, «el malo» de Casino Royale, 2006, de Martin Campbell) 33 años, con el mote de Citron porque había trabajado de mecánico en la fábrica Citroën, entran a formar parte del grupo de la resistencia Holger Danske, en el Copenhague de 1944. Hitler había invadido Dinamarca el 9 de abril de 1940, que se convirtió en un paseo militar, como sucedió con otros países, sin encontrar resistencia en la población y surgiendo rápidamente un gobierno pro-nazi. Como ha declarado el realizador, «prácticamente todos los habitantes se convirtieron en colaboracionistas, solamente hubo unos 1000 miembros de la resistencia». Se podría decir que Flame y Citron formaban un «comando legal», es decir, no fichado. Eran personas que llevaban una vida totalmente normal, mezclados con la población y frecuentando, incluso, los bares a los que eran asiduos los nazis. VICENTE |