Melissa Leo en una escena de FROZEN RIVER, de Courtney Hunt
(3) FROZEN RIVER, de Courtney Hunt
Mujeres en el hielo

Las protagonistas de esta interesante y galardonada película (entre sus premios los cosechados en los festivales de Sundance y San Sebastián), un producto rabiosamente independiente (realizado, por tanto, con un muy ajustado presupuesto) que constituye el afortunado debut de su desconocida directora, son dos mujeres que se desmarcan por completo de los modelos adjudicados a los protagonistas de la pantalla, especialmente cuando éstos pertenecen al sexo femenino. Una es una ama de casa cincuentona de físico gastado por el esfuerzo y por una vida que se adivina con pocas alegrías (Melissa Leo, actriz de larga trayectoria en cine y televisión, aunque poco conocida para nosotros, que sería nominada al Oscar por este trabajo), y la otra una india mohawk de recias carnes y escaso reclamo sexual (la prácticamente debutante en la pantalla grande, aunque con experiencia televisiva, Misty Upham). Entre ambas se establece una problemática relación, forzada por las precarias realidades laborales y sentimentales de cada una de ellas, que tras recorrer un áspero camino, tan inhóspito como las heladas aguas del río que dan título al film, concluirá en un gesto de amistad y solidaridad, que eleva su brillo por encima de las muchas miserias en suelo americano que la película nos muestra.
El largo primer plano que abre el film, el rostro derrotado, en todos los sentidos, de la protagonista enfrentada a sus diarios problemas económicos, ya es toda una declaración de intenciones de lo que vamos a ver, la vida a ras de suelo, de un suelo tan helado como muchas veces es la vida misma. Y lo vamos a ver, lo vamos a vivir, en un escenario dotado de una poderosa personalidad, tan cotidiano como insólito, la frontera entre Estados Unidos y Canadá, un espacio físico en el que se dan cita una reserva india que posee su propia jurisdicción, sus propias normas y su propia policía; un tráfico de emigrantes ilegales de menor resonancia que su correspondencia latina en la frontera sur (aquí son chinos y paquistaníes), pero tanto o más sangrante en su condición confesa de mano de obra esclava; y un río helado que sirve de permeable y arriesgada frontera entre ambos países.
Sobre este paisaje cargado de resonancias morales tiene lugar una historia aparentemente sencilla que, sin embargo, esconde la grandeza de los grandes dramas de alcance universal: el acercamiento entre dos personajes, mujeres en este caso, con muy poco en común, incluso enfrentados(as) por circunstancias propias (sus diferencias ante el “negocio” que emprenden) y ajenas (las derivadas de dos comunidades separadas), pero sometidos(as) a unas idénticas privaciones, incertidumbres y problemas -y la condición de mujer tiene bastante que decir en cada uno de estos apartados-, que terminarán acercándoles en una solidaridad de género y de clase que supera la anécdota concreta para hablarnos no sólo del valor de los sentimientos, que por supuesto también, sino para revelarnos que éstos no caen del cielo sino que son fruto de circunstancias de la tierra. Una película valiente y sincera que destila esa especial emoción que siempre asegura la ausencia de concesiones y el respeto a la lógica de los personajes y las situaciones.

PEDRO URIS