Resulta difícil sustraerse a las dolorosas circunstancias que acompañan a esta obra, al menos en lo que respecta a su original literario, con su autor, el joven periodista Roberto Saviano, viviendo poco menos que en la clandestinidad por las amenazas del crimen organizado napolitano, al que no le ha gustado nada verse retratado en las páginas de un libro. Una situación que, no obstante, no resulta nueva ni en la literatura ni en el cine, ya que una organización hermana como la Mafia —también lo ha hecho la propia Camorra— ha aterrizado reiteradamente en el papel y la pantalla, de la mano de poderosos autores como Leonardo Sciascia o Francesco Rosi.
Ajustándonos a la película, lo primero es señalar que adapta cinco de las once historias que componen la novela, heredando, en consecuencia, de la misma la condición de relato coral, en el que los diversos episodios avanzan y concluyen en paralelo, con ocasionales puntos de contacto. No es ésta la única herencia que recibe del original literario, ni siquiera la más importante, ya que ese legado queda reservado al tono de reportaje, más que documental, que adopta el film, descendiendo a ras del suelo de esta organización criminal, hasta unos tipos de lo más «popular» por su aspecto, vestuario y costumbres, que viven con escalofriante normalidad el entramado de delito, corrupción y sangre que sustenta un sistema que extiende sus tentáculos a todos los sectores de la sociedad, y que están retratados con la fidelidad y precisión del que habla de primera mano.
Esta habilidad a la hora de trasladar la realidad a la pantalla es la principal apuesta y el principal acierto de la película, con buenas anotaciones acerca de los espacios que constituyen la fuente de ingresos de la Camorra de nuestro tiempo —los talleres de confección en el límite, o decididamente fuera, de la legalidad; la droga; el transporte, más o menos clandestino, de residuos tóxicos; etc.—, y también con una desesperanzada mirada sobre esa permanente orgía de sangre en la que parecen vivir todos sus miembros, especialmente los más jóvenes y descerebrados, como esa pareja de Tony Montanas de tercera fila, que piensan que pueden dar un bocado a la tarta mucho más grande de lo que les corresponde y cuyo trágico final está cantado muchos fotogramas antes de que suceda.
Lástima que este excelente trabajo de campo, que nos arroja a la cara una fotografía tras otra del día a día de buena parte de la ciudad de Nápoles, no se vea acompañado, al menos en lo que a la película se refiere, de una mayor complejidad tanto humana como social, pues ni los personajes son para tirar cohetes, en ocasiones puros esbozos, ni tampoco logra proporcionarnos una radiografía moral, política y económica, una dimensión social en definitiva, de un sistema basado en el delito, que no sólo convive con otro situado dentro de la ley, sino que comparte con el mismo muchos de sus actores: personas y grupos sociales que mantienen un pie en cada mundo. Con idéntica capacidad de contemplar la realidad, el citado Francesco Rosi nos ha ofrecido una visión mucho más rica y compleja en films sobre similares universos, como Salvatore Giuliano, El caso Mattei, Excelentísimos cadáveres, o la propia Le manni sulla citta, ambientada en la misma ciudad de Nápoles.
PEDRO URIS |