Nadie duda de que el Partido Nazi que presidía Hitler fue una maquinaria ideológica, además de exterminadora, que intentó atraerse a los intelectuales más brillantes de los años veinte y treinta a sus filas, ofreciéndoles un status especial. Ante sus ofertas solamente cabían dos opciones, o colaborar con el régimen o exiliarse. El ejemplo más claro lo tenemos en el cineasta Fritz Lang, autor de importantes films en aquellos años como El doctor Mabuse, Metrópolis o M, el vampiro de Dusseldorf. Fue precisamente al finalizar el rodaje de El testamento del doctor Mabuse (1932) cuando recibió la propuesta de Joseph Goebbels de hacerse cargo, nada más ni nada menos, de los grandiosos estudios alemanes UFA. Pero fiel a sus ideas, Lang no se dejó deslumbrar por la oferta y el mismo día de la reunión con Goebbels huyó a Francia con lo que tenía puesto y abandonando a su esposa Thea von Harbou, guionista de muchas de sus películas y próxima a una ideología nazi que se colaba por todas las rendijas.
Esta idea tan interesante es la que nos propone Good, basada en la obra teatral de C. P. Taylor, estrenada en Londres en 1981, que nos muestra a un profesor de Literatura en el Berlín de comienzos de los años treinta, contrario a las ideas nazis y cuyo mejor amigo es un psicoanalista judío. Tiene posibilidades de ascender en el escalafón universitario si ingresa en el Partido Nazi, como le recomienda su suegro, pero fiel a sus principios se niega. Todo se complica cuando dirigentes del régimen nazi, bajo la sombra de Joseph Goebbels, se fijan en él a partir de una novela que ha escrito, una historia de eutanasia por amor promovida por un hombre ante la enfermedad irreversible de su pareja. Lo que es un bello relato romántico, los nazis le dan la vuelta e intentan convertirlo en una justificación teórica del exterminio del débil, al principio los que padecen algún tipo de enfermedad mental y, posteriormente, millones de ciudadanos como los judíos, gitanos, homosexuales, etc. Al introvertido profesor, atrapado por una madre enferma con Alzheimer y un matrimonio que no funciona, le queda la posibilidad de negarse, como hizo Fritz Lang. Pero el nacionalsocialismo le ofrece una “nueva vida” que, además del ascenso en la escala social y otros privilegios, incluye una joven amante, una de sus alumnas.
El director Vicente Amorim presenta con corrección esta historia, incluido el trabajo interpretativo del camaleónico Viggo Mortensen, pero lo hace de forma demasiado plana, superficial, ilustrativa, sin profundizar en la evolución de los personajes. Quiero decir con ello que estamos muy lejos de esa obra maestra de Bernardo Bertolucci que es Il conformista (1970), o Mephisto (1981), de István Szabó, films que planteaban conflictos similares.
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