Clint Eastwood en una escena de GRAN TORINO.
(2) GRAN TORINO, de Clint Eastwood
Réquiem por el héroe

La última aparición como actor de Clint Eastwood, al menos así lo ha anunciado él mismo, posee un indudable aliento testamentario, en cuanto que recupera un personaje especialmente asociado a su figura, el hombre de armas que imparte justicia, siempre sobre la espalda de los “malos” pero también siempre con la sombra del facha pegada a la suya propia, para hacerle recorrer un camino de redención que, en éste su último oficio, le conduzca al sacrificio supremo. Punto y final para un modelo de héroe que constituye todo un clásico, casi la esencia misma, del cine norteamericano.
El problema es que para armar su discurso la película dispone, en demasiadas ocasiones, de elementos tan convencionales como sospechosos, especialmente el mecanismo que utiliza para generar la empatía violenta del espectador, las continuas agresiones y abusos por parte de unos macarras de tomo y lomo sobre dos seres inocentes y desvalidos, un niño y una joven, que van calentando los instintos primarios de un espectador que finalmente se muestra tan dispuesto como el protagonista a apretar el gatillo y volarles la cabeza a esos hijos de puta. Es exactamente el mismo mecanismo que utilizaba la saga de Harry el sucio, y en definitiva el que emplean todos los policiales facha que en el mundo han sido, son y serán, y la película lo ejecuta a conciencia, incrementando lentamente la presión emocional sobre el público hasta culminar con la brutal violación, momento en el que saltan todas las válvulas y la aplicación de la pena de muerte sin ninguna dilación es un clamor en toda la sala.
A su favor hay que apuntar, no obstante, que una vez llegado a ese punto, la película aplica una radical inversión del mecanismo, que parece sustituir la venganza por la justicia, y que en todo caso adjudica al héroe un destino más trágico y crepuscular del que disfrutara durante su plenitud física, aunque tampoco queda muy clara la voluntad de reflexión al respecto, ni sobre el mito ni sobre el método. Lo mismo que tampoco andan muy finos buena parte de los elementos que componen el relato, todos ellos dependientes, en mayor o menor medida, de modelos y convenciones de seguro impacto popular, comenzando por el propio héroe, el ogro huraño que esconde un buen corazón, aunque la película incluya matices que le otorguen cierta complejidad (su pasado en la guerra de Corea), y que aparece casualmente en los escenarios adecuados (la escena con los jóvenes de raza negra, una situación casi calcada de otra de El jinete pálido, una antigua película de Eastwood). Continuando por las relaciones con sus hijos y nietos, unos capullos de manual que facilitan que todo el mundo comprenda y comparta la soledad del padre; o por las relaciones con sus dos jóvenes vecinos orientales, “madura” y descarada ella, y buen chaval el pequeño (bastante pobre la escena de la compra de la vecina por el suelo), ambos ajustados a su función de catalizadores de la vertiginosa transformación del protagonista. Y concluyendo por el molesto papel que en todo el asunto ejerce un sacerdote joven con obsesión por la confesión, o por la afirmación de ese desagradable argot de hombre hecho y derecho que define al personaje de Eastwood y su entorno, y que consiste en insultar a diestro y siniestro, aunque en el fondo resulta que todos son unos tíos muy sanos.
Demasiadas sospechas que me impiden aplaudir la película con el entusiasmo que lo han hecho otros compañeros de la crítica, o mis propios compañeros de proyección, aunque el buen hacer del cineasta logre otorgar cierta credibilidad y encanto a un relato que, en mi opinión, discurre por senderos demasiados conocidos y convencionales.

PEDRO URIS