La última película de Mike Leigh (Salford, Inglaterra, 1943) —un cineasta con una filmografía importante y cargada de premios en diversos festivales— abandona conscientemente el tono dramático de casi todas sus obras y emprende el camino de la comedia con un relato formalmente sencillo pero lleno de profundas implicaciones. Como Stephen Frears o Kean Loach, Leigh utiliza personajes y ambientes cotidianos, mostrándolos mediante una puesta en escena plenamente funcional. Todos estos realizadores ejercen de cronistas de la actualidad que miman los guiones y se preocupan especialmente por la construcción de los personajes, para que sus caracteres muestren toda la riqueza de sentimientos y motivaciones que albergan en su interior.
Con la ayuda de una fotografía de vivos colores y una preciosa música de Gary Yershon, Mike Leigh elabora un canto al optimismo, un elogio a la manifestación de una voluntad individual que se enfrenta a los sinsabores y miserias de la vida ordinaria. Esa loa a la existencia de la gente corriente, cuyos antecedentes habría que buscar en las protagonistas de La noches de Cabiria (Fellini) y de Amèlie (J. P. Jeunet), es lo que guía la construcción narrativa de Happy…, con una serie de situaciones en que la bondad y la generosidad chocan con la presencia de seres generalmente tan amargados como desgraciados. El espectador aprecia el contraste y queda reconfortado.
Eje del relato es Poppy, una treintañera maestra de escuela infantil, interpretada maravillosamente por Sally Hawkins, Oso de Plata a la mejor actriz en el último festival de Berlín. Vitalista y dinámica, deja huella de su alegre personalidad en las reuniones de amigas, en el colegio, en su emotivo encuentro con el vagabundo, en el cursillo de baile flamenco, en la discoteca y, sobre todo, en las clases de autoescuela donde debe enfrentarse a un instructor particularmente neurótico y crispado.
A veces parece que Poppy es consciente de que su «buen rollo» no encaja en una sociedad tan agresiva y desquiciada, de que se halla fuera de sitio con su incurable optimismo. Pero, como antes Cabiria y Amèlie, decide seguir adelante, a la manera de siempre. Y el cuento acaba felizmente para ella, como no podía ser de otra manera. VANACLOCHA |