Completamente rodeado de preadolescentes proclives al grito histérico —en unas salas y en un horario que acostumbro a encontrarme en soledad, o casi—, asistí atónito a la proyección de High School Musical 3, como su título indica tercera parte de una saga cuyas dos primeras entregas no han llegado a nuestras pantallas comerciales, lo cual no es de extrañar porque fueron producidas para la televisión, y sólo su éxito entre un segmento de público muy concreto, también el español porque se han emitido en una cadena de pago, han justificado este salto a la pantalla con honores de gran acontecimiento.
En las antípodas de los estudiantes obsesos y maleducados de tantas comedietas norteamericanas protagonizadas por jovenzuelos salidos, los protagonistas de esta película son prácticamente asexuados —sólo hay un beso y sin lengua, aunque con repetición, en toda la película—, y de lo más pulcro y correcto, a pesar de su aire informal y coleguilla. Una panda de pijos hasta la médula que, con su madurez de pacotilla, hacen añorar a los citados guarros descerebrados que hemos padecido en tanto bodrio made in USA. Y es que siempre hay un infierno peor.
PEDRO URIS |