Toni Servillo en una escena de IL DIVO.
(3) IL DIVO, de Paolo Sorrentino
Un país bajo sospecha

La figura del político italiano Giulio Andreotti, alma de la Democracia Cristiana italiana y siete veces primer ministro del gobierno de su país a lo largo de veinte años, sirve al director italiano Paolo Sorrentino para construir un film de aparatosa puesta en escena —una propuesta estética y narrativa que ya nos había sorprendido, en mi caso con más reservas que entusiasmos, en su anterior trabajo estrenado entre nosotros, Las consecuencias del amor, film con el que comparte a su espléndido protagonista, Toni Servillo—, que propicia diversas lecturas, unas con más fortuna que otras, que circulan desde la aproximación al interior de un personaje tan influyente, hasta el retrato de un amplio periodo de la historia de Italia marcado por la corrupción y la violencia, pasando por lo que quizás sea su apuesta más conseguida, la proximidad entre el poder y las tinieblas, una distancia en ocasiones casi inexistente y en cualquier caso siempre menor cuando más absoluto es el primero.
La película aporta valiosos apuntes en esas dos dimensiones, la individual y la colectiva, aunque en ambos casos deja demasiadas puertas abiertas. En el primero, el referido al ámbito privado de Andreotti, por moverse la mayoría de las veces en el terreno de la especulación, aunque con todo consigue dibujar un personaje que, al margen de su mayor o menor coincidencia con el modelo real, resulta lo suficientemente inquietante y significativo de un patrón de hombre de Estado, y en el que siempre encontraremos algún perfil que nos resulte dolorosamente familiar.
En el segundo, el referido a ese hormiguero de la corrupción que los hechos se empeñan en identificar con Italia, la película acumula sucesos y escándalos, en ocasiones suficientemente conocidos del espectador (el secuestro y asesinato de Aldo Moro, el cadáver del banquero Roberto Calvi colgando de un puente de Londres, los asesinatos del general Dalla Chiesa y del juez Giovanni Falcone, etc.), con una clara voluntad de dibujar un panorama de gangrena social generalizada, en la que cada acontecimiento, por terrible que sea, apenas acaba siendo una pieza más de un rompecabezas maligno que parece alcanzar a toda la sociedad.
En ambos sentidos, la película cumple sobradamente los objetivos que muy probablemente haya pretendido el cineasta, esa mencionada mirada sobre las infinitas miserias asociadas al poder político y económico, pero algunos echamos en falta una mayor profundización en los casos reflejados, pues muy probablemente con el análisis exhaustivo de uno solo de ellos se hubiera revelado más acerca de esa siniestra telaraña en la que se mueven las diversas instancias del poder. Claro que eso hubiera sido otra película, y también otro modelo de cine.

PEDRO URIS