Cuando uno se entera, por la sinopsis del film que no por la historia, esa gran desconocida para casi todos, de que, en la primavera de 1940, meses después de la invasión de Polonia por las tropas soviéticas (el ejército nazi había hecho lo propio unos días antes, en función del reparto secreto de la nación polaca firmado entre Hitler y Stalin), 20.000 oficiales polacos, que habían sido hechos prisioneros, fueron ejecutados en el bosque de Katyn, en una de las mayores matanzas de estas características de la historia, lo primero que se pregunta, una vez que ha superado el horror inicial y es capaz de volver a pensar, es cómo pudieron hacerlo, pero no desde un punto de vista moral, eso no tiene explicación, sino desde una dimensión puramente física. ¿Cómo se puede ejecutar a tal número de personas sin que éstas se defiendan aprovechando la miserable ventaja de ser una multitud? Esta película explica cómo es posible hacerlo en unos escalofriantes quince minutos finales, unas escenas de lo más terrible que he visto en mucho tiempo.
El veterano cineasta polaco, autor de algún que otro fresco histórico bélico bajo el régimen comunista, y cuyo padre, el capitán Jakub Wajda, fue uno de los oficiales asesinados por los soviéticos, se enfrenta a estos hechos que durante años fueron un secreto a voces para los polacos, pues la URSS atribuyó la matanza a los alemanes y esa gran mentira se convirtió durante mucho tiempo en la verdad oficial en Polonia, y lo hace desde las claves corales, de protagonismo colectivo, que ha mostrado en anteriores trabajos, y que, paradójicamente o no, son seña de identidad del cine, incluso del nuevo cine, de los países del Este durante la etapa comunista, lo mismo que el comportamiento heroico, ejemplar, de algunos de los protagonistas, a modo de símbolo del espíritu de resistencia de un pueblo frente al agresor. La relativa novedad es que, en esta ocasión, el protagonismo se concede casi en exclusiva a las mujeres, esposas, hermanas o madres de los oficiales detenidos, que aguardan eternamente su regreso al carecer primero de noticias sobre su muerte, y más tarde al verse atrapadas en la telaraña de engaños y presiones con la que el sistema soviético trató de ocultar su vergüenza.
Mujeres, todas ellas pertenecientes a una clase social ilustrada (la matanza pretendió liquidar la inteligencia polaca, pues junto a los militares profesionales había muchos oficiales movilizados desde sus puestos de dirección económica, administrativa o cultural en la vida civil), que representan diferentes opciones y actitudes ante el presente y el futuro de su país, resultando especialmente interesante el conflicto que divide enfrenta a las dos hermanas, una empeñada en una resistencia digna que conduce al martirio y la otra acomodándose a las circunstancias y tratando de sacar partido a la situación abriendo las puertas a una nueva generación de intelectuales polacos (esa generación a la que pertenece el propio Wajda). Una confrontación que la película apunta pero que no desarrolla en profundidad, distrayendo su atención tanto en la reiteración de ideas y situaciones que ya han sido planteadas, como en alguna que otra historia y escena que se deja caer en medio del relato con escaso fundamento (el primo que llega, se marca una acción de resistencia, y la palma; o esa breve y socorrida aparición de los antiguos criados ahora convertidos en funcionarios del socialismo pero igual de paletos, que despide un reconocible tufillo clasista), frustrando parcialmente las expectativas de un film que si bien cumple sobradamente como testimonio de unos hechos históricos largo tiempo manipulados, no lo hace tanto como reflexión acerca de las opciones y los sufrimientos a los que se enfrenta un pueblo bajo la ocupación.
PEDRO URIS |