«La León» es el nombre de una embarcación dedicada al transporte de viajeros y mercancías entre los minúsculos poblados situados en las pequeñas islas del Gran Delta del río Paraná, una zona pantanosa que une las provincias argentinas de Corrientes y Entre Ríos. La naturaleza esplendorosa contrasta, sin embargo, con la rutinaria y difícil vida cotidiana de sus habitantes, como muestra este singular film de Santiago Otheguy, un cineasta afincado en Francia desde 1994 que debuta en la dirección tras convertir el cortometraje previsto en un relato de larga duración.
La León, película reconocida en el festival de Berlín 2007 con una mención especial del jurado, posee las virtudes pero también las limitaciones habituales de las producciones independientes “de autor”, rodadas con escasísimos medios y, en esta ocasión, con fotografía en blanco y negro, además de tener un reparto con sólo dos actores profesionales, ya que el resto está formado por habitantes del lugar.
Su indudable valor antropológico (que recuerda en algunos aspectos el contexto geográfico y sociológico de nuestra Albufera descrito hace más de un siglo por Blasco Ibáñez) se extiende a toda una específica colectividad humana pero se concreta narrativamente en el protagonista Álvaro, un joven solitario que sobrevive con diversos oficios (pesca, tala de árboles, corte de juncos, restauración de libros, etc.) y cuya condición homosexual le vale sufrir la discriminación y el desprecio, especialmente por parte de quien detenta el poder económico (el barquero), cuya agresividad obedece a contradictorias pulsiones internas no resueltas que oscilan entre el miedo al diferente y el rechazo de las propias tendencias eróticas consideradas “inconfesables” (ver la magistral El lugar sin límites de Arturo Ripstein).
Presencia de la violencia y de la muerte, pero también de la amistad, en una tierra perdida entre caudalosas aguas fluviales cuyo aislamiento no evita dramáticas tensiones sociales, el choque de valores e intereses, entre ricos y pobres, lugareños y forasteros, hombres y mujeres, heteros y gays. Una crónica en cuyo estilo se funden la ficción y el documental, con un ritmo pausado y planos de larga duración, como si allí en tiempo se hubiera detenido. No en vano su realizador abomina del cine comercial de hoy, en donde el frenesí de las imágenes convive con la ausencia total de ideas.
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