Juan Diego Botto y María Valverde en una escena de LA MUJER DEL ANARQUISTA.
(3) LA MUJER DEL ANARQUISTA, de Peter Sehr y Marie Noëlle
Tiempo de amar, tiempo de morir

Desde el final del franquismo (no olvidemos que, entre 1940 y 1975 se habían realizado numerosas cintas desde la óptica de la dictadura), el cine español ha ido atendiendo, y ahí están las recientes Las trece rosas, Los girasoles ciegos y La buena nueva, una serie de capítulos e historias relacionados con la Guerra Civil que no habían encontrado eco a lo largo de los años. El alemán Peter Sehr y la francesa Marie Noëlle abordan ahora una historia de amor, activismo, guerra y exilio que se inspira en las experiencias de la abuela de la directora para aproximarnos a unos hechos doblemente duros: a los penosos días de bombardeos, muerte y represalias en el Madrid de los últimos días de la guerra (espléndidamente recreado por ese maestro de la dirección artística que era Emilio Ruiz del Río, recientemente fallecido), siguen los ásperos tiempos de la inmediata posguerra, los campos de concentración en Francia y el inicio de la guerra en Europa. Queda claro que nos encontramos ante unos hechos apenas frecuentados por el cine —sin embargo, espléndida y puntualmente expuestos por Mitchell Leisen en Arise, my love (1940), escrita por Charles Brackett y Billy Wilder—, enormemente significativos para tener en cuenta la constancia de unos determinados ideales, las contradicciones en cuanto a clases sociales, la propia polarización dentro de una misma familia o las definitivas influencias de todo ello en el universo de los sentimientos y el amor.
A raíz de su presentación en la Semana internacional de cine de Valladolid, la película provocó una fuerte división de opiniones. Yo sigo manteniendo que se trata de una película sincera y valiosa, con unos personajes absolutamente creíbles servidos por espléndidas interpretaciones (Juan Diego Botto, María Valverde, etc.) y sin concesiones gratuitas. Y que se disfruta particularmente atendiendo a las aportaciones de cada una de las secuencias, como la incontestable e insólita forma empleada para contarnos el asesinato de la cuñada burguesa, interpretada por Irene Montalá. La reivindicación de la memoria histórica, cuya atención urgente a hechos colectivos está fuera de toda duda, atraviesa también las fronteras de lo íntimo, de lo familiar, de las lagunas entre padres, hijos y hermanos. Y si La mujer del anarquista resulta enormemente pertinente a la hora de hablarnos de aquel Madrid y de aquella Francia, no lo es menos cuando decide inclinarse hacia una historia de amor machacada por las circunstancias.

LLORÉNS