(1) LA REINA VICTORIA, de Jean-Marc Vallée
Apología de las monarquías

Producida por Martin Scorsese y Sarah Ferguson (su hija Beatriz protagoniza un cameo), con guión de Julian Fellowes, autor de Gosford Park (Robert Altman, 2001), de entrada se puede decir que La reina Victoria es una apología de las monarquías, en este caso de la británica, al narrarnos las peripecias familiares de la joven (17 años) y única heredera al trono cuando muera su tío, el rey Guillermo, delicado de salud. Su dominante madre, la duquesa de Kent (Miranda Richardson) y su consejero, sir John Conroy (Mark Strong), protagonizan conspiraciones a su alrededor. Como curiosidad cinéfila, en 1954, Romy Schneider encarnó el mismo personaje en Los jóvenes años de una reina, de Ernst Marischka.
Para intentar modernizar la historia a los ojos de los espectadores actuales, se nos presenta a Victoria como una muchacha guapísima (Emily Blunt en su primer papel protagonista, tras llamar la atención como secretaria “mala” en El Diablo viste de Prada, de David Frankel, 2006), super enamorada (dato documentado por los historiadores) de su primo Alberto (guapísimo también Rupert Friend), hijo pequeño del rey Leopoldo de Bélgica, y rebelde al romper con tradiciones seculares, como bajar sola las escaleras de palacio o elegir personalmente a sus damas de compañía, al margen del poder político. Hasta ahí, la cosa tiene pase, pero que le diga a su marido, recién casados, que quiere tener pocos hijos y que pase cierto tiempo, como afirmaría una chica actual, eso ya suena a falso. Paralelamente, la fugaz presencia de los políticos es denostada (“a pesar de ser un político, por una vez voy a ser sincero”, dice uno de ellos en un diálogo), mientras que en la corte todo parece ser miel sobre hojuelas. Se redondea este manufacturado producto monárquico con unos rótulos finales que alaban la posterior trayectoria de la reina Victoria, sin ningún atisbo de crítica sobre una época en que se fraguó y extendió el vil imperialismo británico que tanto daño ocasionó en varios continentes, y cuyas secuelas todavía arrastramos, por no hablar de las grandes desigualdades provenientes de un siglo, el XIX, en plena Revolución Industrial.
No se puede dudar del buen look de producción del film. Se ha contado con Sandy Powell (Oscar por Shakespeare in love) para el vestuario, en el maquillaje y peluquería con Lenny Shircore (Oscar por Elizabeth), además del guionista citado y la pegadiza y moderna canción final de Sinéad O´Connor. Ello, más algún pequeño detalle irónico –a pesar de que el rey Jorge ya está muerto, todos los días los criados le ponen la mesa para comer; la burocracia conduce a limpiar en tiempos diferentes los cristales por fuera y por dentro, por lo que siempre están sucios- y la escena en que un enfermo rey aprovecha la cena para decir todo lo que piensa de la gente que le rodea, hacen algo digerible una película próxima a la española ¿Dónde estás, Alfonso XII? (Luis César Amadori, 1958), y su secuela, ¿Dónde vas triste de ti? (Alfonso Balcázar, 1960).

VICENTE