El azar ha querido que me haya tocado en suerte esta película palestina justo la semana en que proyectábamos en mi pueblo, L’Eliana, y con la colaboración de la ONG Palestina Lliure, un interesante miniciclo dedicado a esta cinematografía tan olvidada como casi inexistente, una selección de estimables películas de carácter documental (Fronteras de sueños y miedos, Palestina blues, Jenin, Jenin), que nos aproximan a esa realidad tan dura como intolerable -por mucho que se tolere desde hace demasiado tiempo- que es la causa palestina y sus gentes. Viene esto a cuento porque la película que ahora se estrena, incluida en su momento dentro de la sección “Un certain regard” del Festival de Cannes, nos habla igualmente de esa realidad, pero lo hace desde unos planteamientos de ficción, tal vez pensando que de esta manera el mensaje pueda llegar a más gente, un propósito que no resulta descabellado a la vista de que este film sí que se ha estrenado en nuestras pantallas comerciales, algo que todavía no ha sucedido, ni creo que suceda, con los compatriotas documentales a los que me refería anteriormente.
En principio nada que objetar al camino elegido, por el contrario aplaudirlo, aunque los resultados ya son otra cosa, pues si bien los apuntes documentales funcionan, en parte porque el film está rodado, con todo el esfuerzo y el mérito del mundo, en territorio palestino (tanto en la Palestina actual, Cisjordania, como en la Palestina histórica, Israel), y todos los escenarios respiran una insoportable verdad; y en parte también porque sobre ese paisaje la cineasta maneja con intención el argumento para escenificar tanto la vida cotidiana de los palestinos en los territorios ocupados, en los pueblos cercados y cerrados por Israel, como en aquellos lugares a los que les está prohibido acceder, Jerusalem y el mar.
La relación entre una mujer palestina nacida en Brooklyn que quiere volver a su tierra, y un joven palestino nacido en los territorios ocupados que sólo quiere marcharse de allí, es el motor de una película en clave de road movie que recorre los espacios de la Palestina de hoy y de la Palestina de ayer, escarbando en el pasado, el presente, e incluso en ese futuro que parece no existir, de todo un pueblo, el palestino, con buenos momentos y buenos apuntes (especialmente en las primeras escenas, en las que se insinúan algunas contradicciones en el seno de la sociedad palestina), pero lastrada por una subordinación de la historia personal, la de los personajes, a las exigencias del mensaje humano, social y político que nos pretende transmitir, de tal modo que éstos, en ocasiones convertidos en portavoces literales de las posiciones de la causa, pierden progresivamente credibilidad y el espectador, privado de su compañía, debe tratar de recobrar el documental dentro de una ficción que termina fracasando al no ser capaz la cineasta de asumir las leyes y exigencias de un tipo de relato que ella misma ha elegido como vehículo expresivo.
Pedro Uris |