Magaly Solier en una escena de LA TETA ASUSTADA
(3) LA TETA ASUSTADA, de Claudia Llosa
La leche del dolor

Recién recompensado con el oso de oro del festival de Berlín, el segundo largometraje de Claudia Llosa (Madeinusa) se erige en riguroso y minucioso estudio sobre el hecho de ser mujer en un determinado contexto, así como en un poderoso reflejo de unas constantes de supervivencia, desplazamiento y desarraigo especialmente significativas por las referencias al pasado rural y al sentido de la propia lengua. Un Perú con ecos de los tiempos de combate y una relación madre-hija cargada de sombrías herencias (el asesinato del padre, la violación, la enfermedad de la leche, el tubérculo protector por el asco…) y un presente de miseria y reestructuración familiar que se concreta en esos festejos matrimoniales o en la búsqueda de un imposible entierro. En relación con estos últimos aspectos, la película adquiere fuertes matices de humor negro y esperpéntico, subrayando el absurdo de determinados comportamientos: el recuerdo de Berlanga y Azcona surge en varios episodios, especialmente en los relacionados con el ataúd o su transporte y las vicisitudes del cadáver, al tiempo que la relación entre Fausta y su señora aparece atravesada por anotaciones buñuelianas.
Pero, además, La teta asustada constituye un apasionante retrato de mujeres, más allá de las canciones con las que se comunica con la madre, centrado en esa espléndida protagonista (Magaly Solier, que repite con Claudia Llosa) de sensacionales miradas y silencios, un ser humano sometido a insoportables realidades y decidido a encontrar una liberación que el film sugiere con delicadeza. Un duro camino donde no faltan el impresentable ligón y sus ocurrentes proposiciones o todo ese paisaje del entorno familiar. La puesta en escena, en perfecta armonía con lo que se nos quiere contar, logra unos resultados dotados por igual de belleza y de dolor, tal vez de la misma manera que van juntas la imaginación y la cruda realidad.

LLORÉNS