Arturo Getz y Antonio Larreta en una escena de LA VENTANA.
(4) LA VENTANA, de Carlos Sorín
El ciclo de la vida

Cuenta el director argentino Carlos Sorín que cuando vio a comienzos de los años sesenta el film de Ingmar Bergman Fresas salvajes, se quedó totalmente impresionado. Hasta entonces le encantaba el cine de aventuras, pero Bergman le abrió el camino para interesarse por el denominado cine de autor, descubriendo en la cinemateca a directores como Godard, Truffaut, Visconti, Fellini, Losey, Buñuel, etc. Concretamente, Fresas salvajes la vio unas veinte veces, persiguiendo la película –en aquellos tiempos que no existía el video- por diferentes salas. Por eso no es de extrañar que cuando escribió el guión de La ventana (el film se estrena con cierto retraso en España: se presentó en la SO del festival de Valladolid 2008), la película de Bergman estuviera presente aunque fuese en el subconsciente. Además, el realizador de la galardonada Historias mínimas es un gran apasionado de Antón Chéjov y tuvo en cuenta una frase del escritor ruso referente a la muerte: “En ese momento no hay afectos, no hay familia, no hay amigos. Se muere irremediablemente solo”. A ello hay que añadir que mientras preparaba la producción falleció su padre. El resultado ha sido La ventana, un bello film que nos muestra las últimas horas de la vida de un hombre octogenario (magnífico el escritor, guionista y actor uruguayo Antonio “Taco” Larreta, ganador en 1980 del premio Planeta con Volavérunt y guionistas de los films Los Santos Inocentes o Las cosas del querer, entre otros), que vive en una casa de campo y cuyo único contacto con el exterior es precisamente la ventana de la habitación, que separa el mundo de la enfermedad y la muerte con el de la naturaleza viva.
Carlos Sorín nos presenta la muerte como una parte inevitable de los ciclos naturales, algo más presente en la vida en el campo que en las grandes ciudades, donde la insensibilidad es patente. Esta imagen está representada en la acelerada visita que le hacen el hijo y su esposa al anciano enfermo. Solamente las conversaciones con el médico, un amigo de toda la vida, alivian el sufrimiento del hombre. Es el momento de retornar a la infancia, periodo de la vida casi siempre unido a bellos recuerdos; de rememorar la lejanía de los afectos; de reflexionar sobre la irremediable soledad final. Pero también, en un último impulso final, de encontrarse nuevamente con la naturaleza, sentir la brisa en el rostro, mirar las nubes y esa gran delicia vitalista de orinar en el campo. La felicidad, el amor, los deseos, los afectos, todo ello unido desfila por la mente del protagonista mientras su vida se apaga.
La ventana es una película pequeña, realizada con gran sensibilidad, atenta a los pequeños detalles (ese viejo piano que esconde tantas historias), sin música para realzar el valor de la imagen, los silencios o los sutiles ruidos. Su destinatario es un público sensible y exigente, que se deje llevar por todas las reflexiones que introduce Carlos Sorín de una forma bellamente poética.

VICENTE