Charlize Theron en una escena de LEJOS DE LA TIERRA QUEMADA.
(4) LEJOS DE LA TIERRA QUEMADA, de Guillermo Arriaga
El derecho a la felicidad

La decepción que me supuso Babel (G. Iñárritu, 2006), tras la irregular Los tres entierros de Melquíades Estrada (T. Lee Jones, 2005), hacía temer que la explotación de la fórmula narrativa de los guiones de Guillermo Arriaga, que había convencido con las dos excelentes películas dirigidas por González Iñárritu, Amores perros (2000) y 21 gramos (2003), hubiera acabado a golpe de manierismo con su personal forma de relatar con imágenes. Sin embargo, y para nuestro goce, con su debut tras las cámaras filmando su propia historia, Arriaga nos vuelve a conmover en una refinada versión de lo que mejor sabe hacer, sin servidumbres bloqueantes ni lastres estilísticos. La marca de fábrica, es decir, la narración no lineal, que aporta sentido en el cuidadoso montaje, más allá de ofrecer simplemente explicaciones sorprendentes o los motivos de los personajes como en una novela policíaca, contribuye con cada transición a ahondar en el drama que se narra fragmentadamente. Tanto es así, que cuesta imaginarlo de otro modo, por ello hay que atribuir a la información que se va dosificando, y al significado que cobra en función de en qué momento se ofrece, la hondura emocional que describe a los protagonistas y los conflictos de Lejos de la tierra quemada.
En esta historia, en que las mujeres tienen más peso específico que en las anteriores, la distancia en el espacio y la alternancia antropológica de distintos paisajes se estiliza hasta constituir, por una parte, en Nuevo Méjico, la luz cegadora de las pasiones que desencadenan la acción (en lugar del azar habitual) y por otra, en Oregón, un manto gris de lluvia y expiación. Aunque el previsible punto fuerte del brillante debut de Arriaga tenía la ventaja de un impecable guión, no es menos valiosa su labor como director de actores y sobre todo de actrices. A los bellísimos rostros dolientes de Watts y Blanchet, se suman en la galería arriaguense la fragilidad imponente de Kim Basinger y la aucosa expresividad de Charlize Theron. La herencia de los fantasmas familiares, con su muda carga de culpa, impone la necesidad de sobrevivir y descubre la falta de estrategias para hacerlo, más allá de la negación del derecho a la felicidad o la mortificación, un tema recurrente en Arriaga. Sin necesidad de falsos malabarismos formales, la historia se cuenta a retazos donde la felicidad y el dolor se suceden y se confunden. La sombra del vacío, la incomprensión, la culpa por reencontrarse como ser humano, como mujer, permanecen en la pantalla incluso en los momentos en que el espectador intuye un respiro, porque la cualidad de las experiencias que viven Sylvia / Mariana (Charlize Theron/Jennifer Lawrence) y su madre, Gina (Kim Basinger), nunca es intrínsecamente placentera o desagradable, son sus propias vidas las que imprimen el goce o el tormento.

EVA PEYDRÓ