Cuarta película del bonaerense Lisandro Alonso y primera que se estrena comercialmente en Valencia, aunque su obra visita regularmente el certamen de Cannes y también se ha presentado en algunos festivales españoles, especialmente el de Gijón, en el que el film que ahora comentamos obtuvo el premio a la mejor película. Un cine completamente desmarcado de los mecanismos narrativos tradicionales -con planos al margen de cualquier patrón de medida temporal, acciones de lo más cotidiano y poco “dignas” de ser contadas en la pantalla, o una estructura ajena a cualquier mandato de los puntos de giro-, que, por facilitar al lector alguna referencia nacional, se encontraría en la órbita de un Jaime Rosales o de un Albert Serra, cineasta al que Lisandro Alonso afirma admirar, aunque su condición de autor singular, de inventor de su propio lenguaje y su propio cine, hace que sea imposible situarlo dentro de ninguna tendencia o corriente, ni siquiera asimilarlo a otros autores que participan de su rabiosa libertad narrativa.
Precedida de los títulos de cola (toda una declaración de intenciones al respecto de los usos de la industria del cine), rodada en los impresionantes paisajes helados de Ushuaia (un destino en el que estuve el año pasado y que recomiendo al lector), última localidad del extremo antártico de Argentina y uno de los “fin del mundo” reconocidos del planeta, e interpretada por actores no profesionales, que aportan una extraordinaria cercanía documental, Liverpool, enigmático título que se explica en el plano final, nos propone una historia bastante común -el retorno ocasional y por breve espacio de tiempo de un hombre a su pueblo, en el que todavía vive, aunque en sus últimos días, su madre-, que en manos del cineasta, de su lenguaje y su mirada, adquiere una nueva dimensión, convirtiéndose en un desolado poema acerca de la familia y el desarraigo, en el que no se concede ninguna tregua o coartada al espectador. Las cosas son como son, la vida no dispone de las concesiones de los relatos de la pantalla, y los personajes gastan su tiempo en cosas de lo más intrascendente, siempre que, de nuevo, entendamos el concepto, la trascendencia, desde el prisma que nos ha propuesto siempre el cine, porque si lo hacemos desde nuestra propia mirada, la de habitantes anónimos del planeta Tierra, la cosa cambia, el film adquiere entonces toda su grandeza, su trascendencia, y el protagonista se convierte en uno de los nuestros, lo mismo que esos sentimientos vinculados a unas raíces, la tierra y la familia, que muchos de nosotros, tarde o temprano, estamos condenados a perder o traicionar, aunque no sea de un modo tan doloroso como el de nuestro protagonista.
PEDRO URÍS |