Penélope Cruz en una escena de LOS ABRAZOS ROTOS
(1) LOS ABRAZOS ROTOS, de Pedro Almodóvar
Jugar a las películas

No es fácil enfrentarse a lo último de Almodóvar sin la presión mediática que desde la primera vuelta de manivela ha sido ejercida, una vez más, sobre sus potenciales espectadores. Sin embargo, y con el recuerdo del ejercicio de sinceridad que supuso Volver (2006), había que despojarse de prejuicios y prepararse para lo que fuera. Por desgracia, lo que se ha contemplado no ha llegado ni a la categoría de entretiene. La deriva hacia la complejidad estructural de sus películas (La mala educación, 2004) confunde y agota a su equipo, según confiesa el director, pero además extiende en el patio de butacas el indeseado efecto de distanciamiento y sopor. La saturación de color y plasticidad sumada a la debilidad por la palabrería y las confesiones es una infalible fórmula para la densidad y la espesura, que nada tienen que ver con la profundidad. Que disfrutemos con las películas habladas de los maestros (o el último atrevimiento de Sally Potter, monólogos sobre fondo de color) no significa que nos seduzcan las interminables historias de “Ama Rosa” cuando se hinchan de trascendencia. Las confesiones nos dejan indiferentes, casi como a sus protagonistas, que en un desliz continuo del tono del film, tras un monólogo mea culpa digno de diván, desayunan con la placidez del que le ha funcionado el bifidus y se ha quitado un peso de encima, sin consecuencias en su entorno afectivo.
Almodóvar pretende declarar su amor al cine con una historia de cineastas y un aluvión de referencias cinéfilas que colmaría un tenderete del rastro, pero “jugar a las películas” no significa intertextualidad. Los guiños en estado puro, regurgitados sin procesar, chirrían y estorban, el hecho de figurar en el imaginario del director no los justifica y menos tal como se plantean en Los abrazos rotos. No percibimos ni “exorcismo” ni “motor del drama” en los parches que suponen para la película las referencias a Te querré siempre (1954) o El fotógrafo del pánico (1960), con su pretendido eco amplificador de unas peripecias emocionales y vitales que entendemos mejor por lo paracinemátográfico de las declaraciones de Almodóvar, que por lo que contemplamos en la pantalla. Demasiado esfuerzo estructural, expectativas creadas y autobombo para una historia que no vibra y eso pesa en la interpretación desafinada de excelentes actores: Homar parece ciego incluso cuando aún no ha perdido la vista, Blanca Portillo transmite su background con un constante gesto de preocupación, a falta de algo mejor, Tamar Novas es un lazarillo sonriente con acento gallego y ni siquiera Penélope Cruz, ganadora de un Oscar, está a la altura de lo que es capaz... aunque hay que reconocer el brillo de Angela Molina en su breve aparición al inicio de la película.
Los abrazos se ha llegado a definir como la “esencia de Rossellini y Antonioni”, pero mientras la veía no se me iba de la cabeza Woody Allen por dos razones, su confesado y arrepentido traspié cuando quiso alejarse de él para ser Fellini o Bergman y su Un final made in Hollywood (2002), con la chica rescatada al millonario, la chapucera película que filma un director ciego y el tremendo sentido del humor y autocrítica que demuestra el talento del neoyorquino al hacer que su bodrio triunfe... en París.

EVA PEYDRÓ