Bárbara Goenaga y Karra Elejalde en una escena de LOS CRONOCRÍMENES, de Nacho Vigalondo.
(3) LOS CRONOCRÍMENES, de Nacho Villalongo
El incleíble hombre transportado

Ya saludé esta ópera prima, a su paso por los festivales de Sitges y Manresa, como una de las mejores películas de ciencia-ficción en muchos años (precisamente, estos días se proyectaba en Cinema Jove la película de Alain Resnais y Jacques Sternberg Je t’aime, je t’aime, realizada en 1967, también determinada por una curiosa máquina para viajar en el tiempo), dado que acierta al plantear una serie de contradicciones espaciotemporales, a partir de una serie de traslados en el tiempo, con objeto —como siempre ha hecho la mejor ciencia-ficción— de mostrarnos las propias inquietudes íntimas de los personajes sometidos a esas hipótesis. En ese sentido, Los cronocrímenes anda muy cerca del espíritu de los relatos de Matheson y de Wells y de ejemplos de cine fantástico como El hombre invisible (las vendas que envuelven el rostro) o El increíble hombre menguante (el terror de los elementos cotidianos), recuperando buena parte de la estética de todas las series B que en el cine han sido, con notables ejemplos en el cine español, en el francés, en el británico, en el italiano, etc.
La ventaja añadida de contar con un actor como Karra Elejalde (bien asistido por Bárbara Goenaga y el propio Vigalondo), la enorme coherencia de todos los juegos espacio-temporales —lo que ha ocurrido antes, después, en medio, y los lugares y referencias ambientales— y su decidido sentido del humor, no exento de una negrura y amargura que invitan a intuir jugosas reflexiones, determinan los logros de una película insólita, rigurosa y tremendamente sugestiva que vale la pena conocer, disfrutar y anotar entre esa colección de propuestas inquietantes que tanto nos gusta citar.

LLORÉNS