(1) LA SAGA CREPÚSCULO: LUNA NUEVA, de Chris Weitz
Una virgen entre lobos y vampiros

En la historia del puritanismo cinematográfico pueden trazarse unos hitos que van desde los melodramas románticos de los 50 con Troy Donahue (el deseo sublimado por el amor), pasando por los ligues imposibles del siempre frustrado Alfredo Landa en calzoncillos de la comedia celtibérica de los 60 hasta desembocar en este capítulo de la saga Crepúsculo donde licántropos y vampiros visualizan los fantasmas sensuales de Bella a la vez que ponen sus armas a su servicio para que la represión sexual impida la perdida de su virginidad. En esta historia infame del deseo no consumado, donde la antigua literatura y la castidad han adoptado nuevos ropajes expresivos, la libido no satisfecha ha encontrado su justificación moral: el verdadero amor es renuncia y sólo puede hacerse carnal en el seno del matrimonio. Como excepción, la lucidez de Esplendor en la yerba (Elia Kazan, 1961) donde la separación de los amantes obedece a razones de diferencia social y la castidad impuesta degenera en enfermedad mental.
La saga literaria y cinematográfica Crepúsculo se ha convertido en un fenómeno de masas: millones de adolescentes inmaduros se identifican con sus personajes y la revolución de sus hormonas les hace enfrentarse a la saga con confusas ideas y encontrados sentimientos. No hay aquí un sistema de metáforas bien articulado pero algunas frases de doble sentido no son difíciles de interpretar en esta caprichosa mezcla de mundo real y universo fantástico. creado con efectos digitales por ordenador.
La anécdota ya se sabe: chicos guapos y fornidos, rivales entre ellos, y muchacha indecisa pero casta ante las proposiciones amorosas recibidas. La chica con perenne cara de excitación, a punto de un orgasmo equivalente a una experiencia dolorosa, con sus instintos controlados hasta la llegada definitiva del amado y el altar, ahora ya con 18 años cumplidos.
Segundo capítulo de la serie de cuatro novelas escritas por Stephenie Meyer, una ferviente mormoma cuyos estrictos principios morales han captado la atención de millones de jovencitos y cuyas películas han constituido suculentas operaciones de marketing.
Rodada en Vancouver (Canadá) y Toscana (Italia) con el habitual buen oficio del fotógrafo Xavier Aguirresarobe, Luna nueva presenta escenarios tétricos o luminosos según el momento de la trama, Sin excluir los abundantes efectos digitales en la presentación de los hombres-lobo y de los vampiros, los católicos preconciliares y los nuevos adalides de la moral tradicional tienen en Crepúsculo una nueva biblia que difundir: Enamorarse es sufrir, esperar, renunciar.. . Otra cosa sería ponerse en peligro de perder la virtud. Hay que cortar la cadena fatídica amor - deseo - sensualidad -sexualidad. La moral neoconservadora está en el núcleo de una saga como ésta que utiliza elementos fantásticos como discursos secundarios o mecanismos sadomasoquistas que hacen furor entre las adolescentes de las butacas.
Un fenómeno social, el de Crepúsculo, que discurre al margen de méritos artísticos y de valores culturales. Sucede con mucha frecuencia. Aquí se mezclan diversas épocas y lugares sin rigor alguno que lo justifique. Los intentos de suicidio a lo Romeo y Julieta conectan con ese estado sentimental difuso e inseguro que es la adolescencia. Los chicos guapos son iconos al los que venerar, pero a cierta distancia. Incomodan la tranquilidad de la niñez, son peligrosos pero muy seductores.
Ni se muestra ni se profundiza en el verdadero ser humano que debe hacer frente a las pasiones, con la lucha entre naturaleza y moral, entre racionalismo y dogma. Todas las Bellas del mundo deben sufrir por ser hermosas y deseadas hasta que, castas y puras, sean llevadas hasta el altar.
Ya se anuncia el capítulo tercero: El Eclipse. ¿Más de lo mismo?

VANACLOCHA