Opera prima del cineasta uruguayo, aunque afincado en Madrid, Álvaro Brechner, tras diversos trabajos para la televisión y una reconocida trayectoria como cortometrajista, una historia inspirada en un cuento, Jacob y el otro, de Juan Carlos Onetti -escritor uruguayo, ya desaparecido, exiliado en España desde mediados de los setenta y Premio Cervantes en 1980- convertido en guión por el propio cineasta con la puntual colaboración de su actor protagonista, Gary Piquer, que por otra parte está absolutamente inmenso en su faceta interpretativa. El resultado es una fascinante historia de perdedores, que está contada con voluntarios aires de western y ambientada en un lugar en ninguna parte y casi también en ningún tiempo, a pesar de la coherencia que el film demuestra tanto en sus referencias espaciales como temporales.
Un lugar y un tiempo, en cualquier caso, de Sudamérica, donde aterriza una pareja de buscavidas europeos, un antiguo campeón de lucha libre de la RDA, roto por los años y el alcohol; y su ocasional manager, un falso príncipe italiano que le hace peregrinar de pueblo en pueblo, casi como atracción de feria, en un espectáculo que tiene como número estrella un desafío con uno de los lugareños, un combate que, inevitablemente, siempre cae del lado del campeón, en buena parte por los oficios de su cínico representante (un pasado que está contado de manera ejemplar en la película -tomen nota del método los aspirantes a guionistas- con el recurso del boxeador que va a ejercer de primer contrincante), por más que su pupilo aliente en todo momento el orgullo del invencible y sueñe con una rehabilitación como luchador en los circuitos federativos que nunca se va a producir.
Con estos excelentes elementos, unos personajes, ambientes y giros de la trama que están trabajados con extrema precisión, la película construye una intensa meditación sobre la dignidad, un sentimiento que, como siempre sucede en las historias de ficción, sube de voltaje por lo miserable del entorno humano en el que va a florecer. En un caso, el luchador, por la escasez de luces intelectuales que manifiesta; y en el otro, su manager, por la absoluta falta de piedad que va demostrando con todos, incluso consigo mismo. Dos personajes perfectamente atendidos en sus necesidades individuales, más clásicos los matices adjudicados al de Gary Piquer y novedosamente inquietantes algunos de los referidos al luchador (su llanto en la iglesia, o la condición de nana que para él adquiere la canción Lili Marlene), que son sabiamente conducidos hasta una situación límite que pondrá en juego la dignidad de cada uno de ellos, aunque sea en un escenario tan desolado como el que la película nos propone, aunque a nadie le importe la dignidad de ninguno de los dos. Se trata de una necesidad personal que sólo a ellos concierne, de ahí la grandeza moral del empeño, por los nulos resultados públicos o materiales que les va a proporcionar su doloroso gesto, lo mismo que le sucedía al boxeador interpretado por Robert Ryan en The set up (Robert Wise, 1949), o al falso campeón de Más dura será la caída (Mark Robson, 1956), cuando pretendía ganar el único combate de su vida que no había sido amañado. Junto a ellos dos, una pareja protagonista para la historia del cine, o al menos para mi historia personal del cine, encontramos una serie de personajes que están descritos y encajados en los propósitos del relato con idéntica perfección: la implacable joven embarazada que persigue los mil dólares de premio (impresionante su reacción final a pie de cuadrilátero); el director del periódico de tercera categoría, que siempre va un paso más allá del protagonista (estupenda la escena que cierra este personaje al descubrir que su interlocutor, nuestro protagonista, no tiene ni el dinero, ni el apaño, y que además no está seguro de ganar, o sea que se encuentra en un callejón sin salida en toda regla); o el médico ventajista con los naipes que, como el resto de personajes, también reclama y consigue su porción de dignidad en esta estupenda película. Un film que, muy probablemente, nunca hubiéramos visto en Valencia si no existieran las salas con sentimiento que lo han programado en solitario.
PEDRO URIS |