“La gente herida es la más peligrosa, porque sabe que puede sobrevivir”, lo que Juliette Binoche le advertía a Jeremy Irons en Herida (Louis Malle, 1992) es un presagio de desastre, una profecía de embrionaria virulencia, nacida en los repliegues de la pasión como forma de vida. Las emociones elevadas en Malamuerte a una tremenda potencia anidan entre existencias sin pedigrí, simplemente moran en las precarias vidas que se arrastran entre palacetes okupados, fábricas de hielo y barrios mestizos, en silencio culpabilizador o con gritos de macho alfa, intérpretes de la inseguridad más recóndita. El amor extraño, difícil de aceptar del otro, más incluso que desde uno mismo, nunca es un regalo bien recibido, las puñaladas de la ternura duelen siempre, la brutalidad es la única dialéctica y el perdón es un engaño en un mundo donde la Muerte es un personaje que se puede adjetivar.
Ganadora de tres premios en la XXX Mostra de Valencia (mejor director, fotografía y mejor actriz a Ruth Gabriel), Malamuerte deja sin aliento al espectador que elige entregarse al desconcierto de las emociones en bruto, expresadas sin medida con el lenguaje del dolor. Cuando los habitantes de una tragedia han nacido entre el brillo mudo del puñal y la sordera de la automática, nunca podrán hablar ni escuchar, aunque el drama les surja de las entrañas y ninguno de ellos culpe al mundo de su muerte. El destino es un seguro de vida (o de final de ella) cuando se opta por el bando correcto, pero en el angosto margen de maniobra entre la esclavitud de la violencia y la libertad de alejarse de ella es donde se maceran la venganza y la redención.
Con un ritmo conseguido a base de un guión minucioso y un montaje exigente, Vicente Pérez Herrero no deja espacio ni para un suspiro, sus personajes se dejan llevar por el frenesí de lo que mejor saben hacer, aunque no les haga felices, hasta que el dolor de esa herida antigua actúa de acicate para la rebelión, para remover el orden de las cosas y pelear sin cuartel por lo que uno ha olvidado que cree, sin miedo a nada, porque ya se ha sobrevivido una vez. En Malamuerte las princesas mecidas con desgracias no desean ser rescatadas y los caballeros andantes de ambos sexos se expresan más en la propia hazaña, que en el entuerto a resolver. Eva (Dafne Fernández) es el centro de las pulsiones más dañinas y más benéficas, confundidas, difíciles de discernir en una vorágine de emociones y pasiones que Juan (Juan Carlos Vellido), Dorado (Carlos Bardem), El Rubio (Ángel Alcázar) y Paula (Ruth Gabriel) vuelcan sin medida, coherentes a su manera, cooperantes forzados o con desmedido voluntarismo.
La poética de la violencia no es un ralentí sino un “modo de ver” con una consecuente puesta en escena y una fotografía elocuente. Desde la enajenación del tiroteo como discurso, terapia o solución final, los protagonistas purgan su dolor disputando el perdón y la necesidad de íntima absolución con la delicadeza de un derechazo y el estampido de un caricia.
EVA PEYDRÓ |